Thursday, December 08, 2005

Jaramillo y Medellín

Abandona el Poeta el aeropuerto de Río Grande. Lo hace a pasos cortos, casi sin despegarse de la tierra. La pequeña espalda, su cazadora vaquera no parecen ser capaces de seguir soportando un mar de versos caudalosos. Pero así será por muchos años. Su cabeza –cráneo privilegiado- ilumina la gran sala del aeropuerto. Se va el Poeta, el Poeta que me ha acompañado, como una recién estrenada sombra, en las últimas veinticuatro horas por las arterias y el corazón de Medellín. ¿Qué impresión causa al viajero la ciudad de las flores, la de la eterna primavera, las de los árboles siempre florecidos y las camisas siempre de manga corta? ¿Qué imágenes se lleva uno en la maleta entre los regalos, los libros y las camisas mal dobladas? En mi caso, ninguna. He viajado con el Poeta por el metro de Medellín, hemos recorrido de norte a sur, de este a oeste sus dos brazos, azul y naranja, viendo la ciudad desde el cielo y las nubes; metro que se desliza por encima de las calles y de las casas como dos grandes brazos, como las aspas de un inmenso molino quijotesco. Un taxi nos ha llevado por la plaza de las estatuas de Botero y por la orilla del río, lleno de unas imágenes que volverán inolvidable la iluminación navideña de Medellín durante este año. Pero de todos estos itinerarios, ninguna imagen me queda, ninguna que haga bulto en mi maleta.
Medellín tiene un corazón: la Biblioteca Piloto, y unas arterías llenas de amistas: las conversaciones con Jaime Jaramillo, el Poeta, y las de tantos amigos que allí dejo. Estas son las únicas imágenes que me llevo de Medellín: las sonrisas, los abrazos, las lágrimas contenidas ante las despedidas y las invitaciones sonrientes para volver.
Medellín, el corazón de los paisas, vive a lomos de un nombre y de un pasado que colocó la cocaína en el centro de las plazas. Los edificios levantados por Pablo Escobar y su cartel señorean en Medellín mientras a lo lejos la vista se pierde en un horizonte de casas que hablan de miles de desplazados por la guerra civil encubierta que sufre Colombia desde hace décadas, que hablan de barrios enteros construidos en las laderas de las montañas con la ilusión de soñar con que el futuro siempre puede ser mejor que el presente. Desplazados por la guerrilla, por los militares, por los paramilitares, por los carteles de la droga y por los políticos corruptos.
Pero Medellín se llena de luces en Navidad y cada nuevo año puede convertirse en un nuevo punto y aparte: la delincuencia ha bajado casi un sesenta por ciento y las líneas maestras para el futuro se van escribiendo día a día, mostrando que otro Medellín, que otra Colombia también es posible. Un Medellín nuevo en que vuelve de nuevo don Quijote a cabalgar, aunque en esta ocasión lo haga en paisa, en la lengua propia de Medellín: “Por allá en la Mancha, en un pueblecito que no me quiero acordar cómo se llana, no hace muchos años que vivía un caballero de esos que mantienen colgados en la pared una lanza, un escudo y un poco más de armas, por si acaso. Era un señor más bien sosegado, que se mantenía encerrado en su pieza y con nadie se metía. Las que vivían con él eran una señora que le decían el ama, por ai de unos cuarenta años, y una sobrina, queridota ella, que no llegaba a los veinte. Porque lo que es él sí pasaba de los cinco candores, que en ese tiempo era mucho. Era alto y flacuchento, pero alentado y muy madrugador”.

Sancho

Cerró Sancho la puerta. Creyó que sería la última vez, pero también en esta ocasión se equivocó, como los Anales de La Mancha se han empeñado en recordarnos. Pero por aquel entonces aún Sancho, así como el resto de sus vecinos, creyó que esa sería la última vez que cruzaría aquella puerta que le había introducido en un universo que él ni había soñado que pudiera imaginarse. Cerró la puerta y detrás se escuchó el ladrido desganado de un galgo corredor. Le hubiera gustado a Sancho pensar que Rocinante ya había comenzado a echarle de menos, pero no salió ningún sonido del establo: Rocinante dormía, dormía soñando no despertarse jamás: mientras permanecía dormido ni sentía hambre ni ese agudo dolor en sus casos, con las herraduras casi desgastadas por ir detrás de tantas absurdas aventuras.
Sancho, aunque no quisiera, estaba contento. Sentía la muerte de su amo, y la sentía con un dolor agudo en el corazón, como si su vida se hubiera roto en mil pedazos, como esos baratos vasos de vidrio que se desintegran antes de llegar al suelo. Pero este dolor no era capaz de hacer desaparecer esa sonrisa que le nacía en la boca del estómago: una sonrisa que le traía a la realidad de las herencias y de los dineros que vendrían a hacer de este invierno uno de los más recordados de su vida. Su señor, la luz de la andante caballería, se había muerto, pero ahí estaban sus recuerdos, la memoria de todas y cada una de sus enseñanzas para perpetuar su memoria. Alonso Quijano había muerto pero don Quijote seguiría vivo mientras Sancho continuara recordándole, leyendo de nuevo en sus recuerdos las mil y una aventuras que habían vivido juntos, los palos y pedradas que había soportado con más resignación que paciencia. No pudo dejar de sonreír cuando se acordó de sus miedos nocturnos en la Aventura de los Batanes o el triunfal recibimiento en la Ínsula Barataria, y el hambre y los golpes que se pasa cuando uno termina siendo nombrado gobernador. De aquellas señales, le quedaba una única enseñanza: por nada del mundo aceptaría de nuevo ser político, estar en manos de quienes viven sin tener escrúpulos. Don Quijote seguía vivo porque no pasaba un segundo que no le recordara. De Alonso Quijano no conservaba Sancho ningún recuerdo.
Antes de volver a su casa, con el corazón en un puño, decidió Sancho pasear por su lugar. Nunca antes lo había hecho. Nunca antes se había dejado seducir por la incógnita de una esquina o la pregunta de una bifurcación al final de una calle. Antes siempre había sabido a dónde debía ir y de dónde era necesario volver. Pero ahora era otra cosa. Ahora sus pies se movían con otro ritmo, con nuevas y desconocidas metas que estaban amenazando a su corazón con salirse del pecho.
Don Quijote no moriría mientras él lo recordara, mientras él fuera el pozo en que los recuerdos iban almacenándose… pero, ¿y él? ¿Quién se acordaría de sus aventuras, de sus miedos, de sus juicios, de sus refranes y de sus enseñanzas? ¿Quién le haría vivir recordándole después de que hubiera muerto?
Antes de abrir la puerta de su casa, antes de ser recibido con la mirada inquisitorial de su mujer y el silencio ruidoso de sus hijos, Sancho ya había tomado una decisión, que terminaría por cambiar su vida: no pasaría mucho tiempo antes de salir una madrugada en busca de nuevas aventuras. A partir de mañana empezaría a buscar un escudero, para dejar grabadas sus palabras y sus enseñanzas en su recuerdo.