Sancho
Cerró Sancho la puerta. Creyó que sería la última vez, pero también en esta ocasión se equivocó, como los Anales de La Mancha se han empeñado en recordarnos. Pero por aquel entonces aún Sancho, así como el resto de sus vecinos, creyó que esa sería la última vez que cruzaría aquella puerta que le había introducido en un universo que él ni había soñado que pudiera imaginarse. Cerró la puerta y detrás se escuchó el ladrido desganado de un galgo corredor. Le hubiera gustado a Sancho pensar que Rocinante ya había comenzado a echarle de menos, pero no salió ningún sonido del establo: Rocinante dormía, dormía soñando no despertarse jamás: mientras permanecía dormido ni sentía hambre ni ese agudo dolor en sus casos, con las herraduras casi desgastadas por ir detrás de tantas absurdas aventuras.
Sancho, aunque no quisiera, estaba contento. Sentía la muerte de su amo, y la sentía con un dolor agudo en el corazón, como si su vida se hubiera roto en mil pedazos, como esos baratos vasos de vidrio que se desintegran antes de llegar al suelo. Pero este dolor no era capaz de hacer desaparecer esa sonrisa que le nacía en la boca del estómago: una sonrisa que le traía a la realidad de las herencias y de los dineros que vendrían a hacer de este invierno uno de los más recordados de su vida. Su señor, la luz de la andante caballería, se había muerto, pero ahí estaban sus recuerdos, la memoria de todas y cada una de sus enseñanzas para perpetuar su memoria. Alonso Quijano había muerto pero don Quijote seguiría vivo mientras Sancho continuara recordándole, leyendo de nuevo en sus recuerdos las mil y una aventuras que habían vivido juntos, los palos y pedradas que había soportado con más resignación que paciencia. No pudo dejar de sonreír cuando se acordó de sus miedos nocturnos en la Aventura de los Batanes o el triunfal recibimiento en la Ínsula Barataria, y el hambre y los golpes que se pasa cuando uno termina siendo nombrado gobernador. De aquellas señales, le quedaba una única enseñanza: por nada del mundo aceptaría de nuevo ser político, estar en manos de quienes viven sin tener escrúpulos. Don Quijote seguía vivo porque no pasaba un segundo que no le recordara. De Alonso Quijano no conservaba Sancho ningún recuerdo.
Antes de volver a su casa, con el corazón en un puño, decidió Sancho pasear por su lugar. Nunca antes lo había hecho. Nunca antes se había dejado seducir por la incógnita de una esquina o la pregunta de una bifurcación al final de una calle. Antes siempre había sabido a dónde debía ir y de dónde era necesario volver. Pero ahora era otra cosa. Ahora sus pies se movían con otro ritmo, con nuevas y desconocidas metas que estaban amenazando a su corazón con salirse del pecho.
Don Quijote no moriría mientras él lo recordara, mientras él fuera el pozo en que los recuerdos iban almacenándose… pero, ¿y él? ¿Quién se acordaría de sus aventuras, de sus miedos, de sus juicios, de sus refranes y de sus enseñanzas? ¿Quién le haría vivir recordándole después de que hubiera muerto?
Antes de abrir la puerta de su casa, antes de ser recibido con la mirada inquisitorial de su mujer y el silencio ruidoso de sus hijos, Sancho ya había tomado una decisión, que terminaría por cambiar su vida: no pasaría mucho tiempo antes de salir una madrugada en busca de nuevas aventuras. A partir de mañana empezaría a buscar un escudero, para dejar grabadas sus palabras y sus enseñanzas en su recuerdo.
Sancho, aunque no quisiera, estaba contento. Sentía la muerte de su amo, y la sentía con un dolor agudo en el corazón, como si su vida se hubiera roto en mil pedazos, como esos baratos vasos de vidrio que se desintegran antes de llegar al suelo. Pero este dolor no era capaz de hacer desaparecer esa sonrisa que le nacía en la boca del estómago: una sonrisa que le traía a la realidad de las herencias y de los dineros que vendrían a hacer de este invierno uno de los más recordados de su vida. Su señor, la luz de la andante caballería, se había muerto, pero ahí estaban sus recuerdos, la memoria de todas y cada una de sus enseñanzas para perpetuar su memoria. Alonso Quijano había muerto pero don Quijote seguiría vivo mientras Sancho continuara recordándole, leyendo de nuevo en sus recuerdos las mil y una aventuras que habían vivido juntos, los palos y pedradas que había soportado con más resignación que paciencia. No pudo dejar de sonreír cuando se acordó de sus miedos nocturnos en la Aventura de los Batanes o el triunfal recibimiento en la Ínsula Barataria, y el hambre y los golpes que se pasa cuando uno termina siendo nombrado gobernador. De aquellas señales, le quedaba una única enseñanza: por nada del mundo aceptaría de nuevo ser político, estar en manos de quienes viven sin tener escrúpulos. Don Quijote seguía vivo porque no pasaba un segundo que no le recordara. De Alonso Quijano no conservaba Sancho ningún recuerdo.
Antes de volver a su casa, con el corazón en un puño, decidió Sancho pasear por su lugar. Nunca antes lo había hecho. Nunca antes se había dejado seducir por la incógnita de una esquina o la pregunta de una bifurcación al final de una calle. Antes siempre había sabido a dónde debía ir y de dónde era necesario volver. Pero ahora era otra cosa. Ahora sus pies se movían con otro ritmo, con nuevas y desconocidas metas que estaban amenazando a su corazón con salirse del pecho.
Don Quijote no moriría mientras él lo recordara, mientras él fuera el pozo en que los recuerdos iban almacenándose… pero, ¿y él? ¿Quién se acordaría de sus aventuras, de sus miedos, de sus juicios, de sus refranes y de sus enseñanzas? ¿Quién le haría vivir recordándole después de que hubiera muerto?
Antes de abrir la puerta de su casa, antes de ser recibido con la mirada inquisitorial de su mujer y el silencio ruidoso de sus hijos, Sancho ya había tomado una decisión, que terminaría por cambiar su vida: no pasaría mucho tiempo antes de salir una madrugada en busca de nuevas aventuras. A partir de mañana empezaría a buscar un escudero, para dejar grabadas sus palabras y sus enseñanzas en su recuerdo.

1 Comments:
Su presencia y su obra en nuestra ciudad de Azul jerarquiza las realizaciones del Festival Cervantino. Gracias y esperamos los azuleños estar a la altura del legado que las generaciones anteriores han dejado en las presentes.
educazul.blogspot.com
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