Jaramillo y Medellín
Abandona el Poeta el aeropuerto de Río Grande. Lo hace a pasos cortos, casi sin despegarse de la tierra. La pequeña espalda, su cazadora vaquera no parecen ser capaces de seguir soportando un mar de versos caudalosos. Pero así será por muchos años. Su cabeza –cráneo privilegiado- ilumina la gran sala del aeropuerto. Se va el Poeta, el Poeta que me ha acompañado, como una recién estrenada sombra, en las últimas veinticuatro horas por las arterias y el corazón de Medellín. ¿Qué impresión causa al viajero la ciudad de las flores, la de la eterna primavera, las de los árboles siempre florecidos y las camisas siempre de manga corta? ¿Qué imágenes se lleva uno en la maleta entre los regalos, los libros y las camisas mal dobladas? En mi caso, ninguna. He viajado con el Poeta por el metro de Medellín, hemos recorrido de norte a sur, de este a oeste sus dos brazos, azul y naranja, viendo la ciudad desde el cielo y las nubes; metro que se desliza por encima de las calles y de las casas como dos grandes brazos, como las aspas de un inmenso molino quijotesco. Un taxi nos ha llevado por la plaza de las estatuas de Botero y por la orilla del río, lleno de unas imágenes que volverán inolvidable la iluminación navideña de Medellín durante este año. Pero de todos estos itinerarios, ninguna imagen me queda, ninguna que haga bulto en mi maleta.
Medellín tiene un corazón: la Biblioteca Piloto, y unas arterías llenas de amistas: las conversaciones con Jaime Jaramillo, el Poeta, y las de tantos amigos que allí dejo. Estas son las únicas imágenes que me llevo de Medellín: las sonrisas, los abrazos, las lágrimas contenidas ante las despedidas y las invitaciones sonrientes para volver.
Medellín, el corazón de los paisas, vive a lomos de un nombre y de un pasado que colocó la cocaína en el centro de las plazas. Los edificios levantados por Pablo Escobar y su cartel señorean en Medellín mientras a lo lejos la vista se pierde en un horizonte de casas que hablan de miles de desplazados por la guerra civil encubierta que sufre Colombia desde hace décadas, que hablan de barrios enteros construidos en las laderas de las montañas con la ilusión de soñar con que el futuro siempre puede ser mejor que el presente. Desplazados por la guerrilla, por los militares, por los paramilitares, por los carteles de la droga y por los políticos corruptos.
Pero Medellín se llena de luces en Navidad y cada nuevo año puede convertirse en un nuevo punto y aparte: la delincuencia ha bajado casi un sesenta por ciento y las líneas maestras para el futuro se van escribiendo día a día, mostrando que otro Medellín, que otra Colombia también es posible. Un Medellín nuevo en que vuelve de nuevo don Quijote a cabalgar, aunque en esta ocasión lo haga en paisa, en la lengua propia de Medellín: “Por allá en la Mancha, en un pueblecito que no me quiero acordar cómo se llana, no hace muchos años que vivía un caballero de esos que mantienen colgados en la pared una lanza, un escudo y un poco más de armas, por si acaso. Era un señor más bien sosegado, que se mantenía encerrado en su pieza y con nadie se metía. Las que vivían con él eran una señora que le decían el ama, por ai de unos cuarenta años, y una sobrina, queridota ella, que no llegaba a los veinte. Porque lo que es él sí pasaba de los cinco candores, que en ese tiempo era mucho. Era alto y flacuchento, pero alentado y muy madrugador”.
Medellín tiene un corazón: la Biblioteca Piloto, y unas arterías llenas de amistas: las conversaciones con Jaime Jaramillo, el Poeta, y las de tantos amigos que allí dejo. Estas son las únicas imágenes que me llevo de Medellín: las sonrisas, los abrazos, las lágrimas contenidas ante las despedidas y las invitaciones sonrientes para volver.
Medellín, el corazón de los paisas, vive a lomos de un nombre y de un pasado que colocó la cocaína en el centro de las plazas. Los edificios levantados por Pablo Escobar y su cartel señorean en Medellín mientras a lo lejos la vista se pierde en un horizonte de casas que hablan de miles de desplazados por la guerra civil encubierta que sufre Colombia desde hace décadas, que hablan de barrios enteros construidos en las laderas de las montañas con la ilusión de soñar con que el futuro siempre puede ser mejor que el presente. Desplazados por la guerrilla, por los militares, por los paramilitares, por los carteles de la droga y por los políticos corruptos.
Pero Medellín se llena de luces en Navidad y cada nuevo año puede convertirse en un nuevo punto y aparte: la delincuencia ha bajado casi un sesenta por ciento y las líneas maestras para el futuro se van escribiendo día a día, mostrando que otro Medellín, que otra Colombia también es posible. Un Medellín nuevo en que vuelve de nuevo don Quijote a cabalgar, aunque en esta ocasión lo haga en paisa, en la lengua propia de Medellín: “Por allá en la Mancha, en un pueblecito que no me quiero acordar cómo se llana, no hace muchos años que vivía un caballero de esos que mantienen colgados en la pared una lanza, un escudo y un poco más de armas, por si acaso. Era un señor más bien sosegado, que se mantenía encerrado en su pieza y con nadie se metía. Las que vivían con él eran una señora que le decían el ama, por ai de unos cuarenta años, y una sobrina, queridota ella, que no llegaba a los veinte. Porque lo que es él sí pasaba de los cinco candores, que en ese tiempo era mucho. Era alto y flacuchento, pero alentado y muy madrugador”.

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