Saturday, November 19, 2005

Quijote, el de La Mancha

Quijote dejó la manguera en el surtidor y se palpó el bolsillo para comprobar si llevaba cambio suficiente. Nunca había utilizado el “don”, aunque por nombre le correspondía, pero bastante tenía con esas letras escritas en la chapa encima de su uniforme como para aventurarse a utilizar su nombre completo: puerta para las bromas más crueles y para las sonrisas más descaradas. Se limpió las manos con un trapo, se palpó de nuevo el bolsillo derecho y miró de reojo a los chicos del Renault cinco blanco, que no dejaban de reír y darse palmadas en la espalda. Quizás no se estaban riendo de él, quizás había pasado desapercibida su placa, con ese “Quijote” en letras mayúsculas y doradas, pero daba lo mismo: desde hacía demasiado tiempo cualquier risa, cualquier sonrisa a su lado le había convertido en diana de bromas y crueldades. Demasiado tiempo viviendo con su nombre para ahora olvidarlo todo de repente; toda una vida huyendo de su nombre para dejarlo así, abandonado en cualquier esquina del olvido.
Este año del centenario estaba siendo especialmente cruel. No sufría tanto desde las aulas del colegio, aquel frío colegio de provincias que abandonó porque no aguataba más las bromas de sus compañeros, los anónimos que siempre encontraba en su pupitre y las pintadas que decoraban siempre algún rincón de las paredes. Quizás hubiera sido un buen estudiante, quizás hubiera podido ser maestro como sus padres, pero lo cierto es que la escuela, desde que se pasaba lista por la mañana, más era una cárcel insufrible, más un espacio de tortura que el lugar donde hacer amigos y acercarse al conocimiento, el lugar desde el que imaginar caminos que luego la vida se empeña en bifurcar.
Vivía Quijote atrapado a su nombre, encadenado a su nombre. En más de una ocasión había decidido cambiárselo, buscar algún que otro nombre anónimo, vulgar, como Manuel, José, Pedro o Juan, que disfrazara de normalidad el resto de su vida. Pero entonces siempre recordaba cómo se le iluminaban a su madre los ojos cada vez que le llamaba por su nombre, ese nombre que paladeaba con el mismo gusto con que un caramelo se deshace en la boca de un niño. Su nombre, ese “don Quijote” que le encadenaba al pasado de risas contenidas y de carcajadas estridentes, era lo único que su madre conservaba del ayer, lo único que le parecía que le devolvía la vida del pasado y de los recuerdos cuando iba a visitarla cada sábado al hospital.
“Por algo me he de llamar así”, se decía siempre Quijote, como un medio de acallar su rabia, su veneno interior cada vez que una risa explotaba en su cara. Pero ese algo hasta entonces no lo había encontrado. Una mañana, una mañana de tantas otras, sin más personalidad que la de un número en el descolorido calendario, una furgoneta de reparto se paró en su gasolinera. Una joven, hermosa, como nunca antes Quijote había visto ninguna, con la mirada triste y huidiza, abrió la puerta y se bajó silenciosa, huidiza, al tiempo que le entregaba las llaves y le decía: “Lleno, por favor”. Quijote sonrió. Sonrió como nunca antes lo había hecho en toda su vida cuando leyó en su placa por encima del uniforme, en letras grandes y doradas, su nombre: “Dulcinea del Toboso”.

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