Wednesday, November 02, 2005

La prensa

A mediados del siglo XV, en la ciudad alemana de Maguncia algo se estaba fraguando. En el taller de Johan Gutenberg, bajo la atenta mirada de sus socios, Fust y Schöffer, estaba a punto de consumarse un gesto, un simple y sencillo gesto que terminaría por cambiar el mundo: la impresión del primer pliego de la “Biblia de 42 líneas”, la primera obra de cierta envergadura que se hacía mediante una nueva: la imprenta, la que utiliza la prensa y los tipos móviles. Los tres socios y por entonces amigos, tomaron ese primer pliego entre sus manos, ese primer pliego todavía sudoroso, y lo miraron sin dejar de sonreír. Sonrisa que se fue abriendo hasta convertirse en carcajada cuando Fust recibió en sus manos el tesoro: gracias a esta nueva tecnología podrían multiplicar los ejemplares que se pondrían a la venta y del pobre papel, nacido de los trapos de lino que nadie quería, se obtendrían productos por todos solicitados y admirados.
Han pasado ya varios siglos de este primer gesto y lo que en aquel entonces era una nueva tecnología que terminaría por conquistar Europa en sólo unos años, ahora sólo encuentra un hueco en los museos dedicados a la imprenta, a la Reforma protestante o a los oficios ya olvidados del pasado. Pero historia que es necesario no olvidar, como tantas otras enseñanzas del pasado: ¿Cómo leer los textos escritos desde mediados del siglo XV hasta principios del siglo XX, arco temporal en que la imprenta manual constituye el modo habitual de transmisión, si no conocemos los modos de trabajo, las dificultades técnicas a los que los operarios de la imprenta tenían que hacer frente y las respuestas tecnológicas que día a día se iban dando para perfeccionar el arte de imprimir?
Estamos durante este año celebrando el cumpleaños de un libro, de un texto transmitido mediante el libro, impreso siguiendo los modos de trabajo de la imprenta manual, cuyos componentes y características son casi idénticos a los que ideara Gutenberg y sus socios a mediados del siglo XV en Alemania. Un libro, el Quijote, en que se dieron cita un librero (Francisco de Robles), un taller de impresión (el regentado por Juan de la Cuesta) y varios cajistas, correctores, tiradores y batidores cuyos nombres permanecerán para siempre en el anonimato. El Quijote se ha convertido en un mito universal, de eso no hay ninguna duda, pero lo ha sido nacido como libro impreso en la imprenta manual.
Y para rescatar esta cara del libro he organizado con la Imprenta Artesanal del Ayuntamiento de Madrid, una de las pocas que siguen siendo activas en sus dependencias del Conde-Duque, una exposición “Aquí se imprimen libros”, que se inaugura el próximo 20 de octubre en el Museo de San Isidro.
Allí, en el lugar que en un taller de la época tendrían, destaca una magnífica prensa, como la de 1605 de Juan de la Cuesta, que ha sido realizada por el ebanista Bernardo López bajo la dirección técnica de José Bonifacio Bermejo. Una prensa que funciona con ese mismo gesto, sentido, que permite multiplicar la letra en el papel. Igual que el de Gutenberg a mediados del siglo XV; igual que el de Juan de la Cuesta en 1605, cuando da a conocer la primera edición del Quijote.

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