Daniel Urrabieta Vierge
Daniel Urrabieta Vierge nació en Madrid en 1851. Su destino estaba fijado por el linaje al que pertenecía: su padre, Vicente Urrabieta, era un conocido dibujante madrileño que triunfaba por aquellos años en la capital de España. Los hermanos de Daniel, Samuel y Lola, siguieron su misma senda, y todos ellos forman parte de una de las familias, de uno de los linajes más activos e interesantes de ilustradores españoles del siglo XIX. Pero Daniel Urrabieta parece querer perseguir nuevos retos y superar imposibles metas: más allá de las adoquinadas y (casi) pueblerinas calles de Madrid, Daniel se traslada a los 18 años a París, a un París rendido a los pies del arte y de los tópicos románticos que hemos ido creando alrededor de Montmartre y del Moulin Rouge. Y de París nunca volverá. En la ciudad del Sena, Daniel abandonará el apellido paterno, esa línea que le ligaba a un linaje madrileño de dibujantes, para reivindicar el materno: más francés, más libre, más solidario, más fraternal. Y así, como Daniel Vierge comenzará una carrera que le llevará a ocupar los más altos podios de las alabanzas y de las admiraciones: se dirá de él que es el príncipe de la ilustración moderna y algunos críticos afirman que su ilustración del “Buscón” de Quevedo, terminada en 1882 pone el punto de partida para la historia del fotograbado…
Trazos gruesos de una biografía en la que se insertan nombres como los de su amigo Víctor Hugo o títulos de revistas míticas, a las que él llevó a la cima de su popularidad, como Le monde illustré… pero de todos ellos me quedo con uno de esos golpes con que el destino prueba a los grandes hombre: antes de cumplir los treinta años, Daniel Vierge sufre una hemiplejía que le deja la mitad derecha de su cuerpo inutilizada. Su genial mano derecha, sus dedos admirados por medio París, yacen ahora muertos encima de la cama. Ahí están pero ya no están ahí, ya no sirven para los que su dueño los ha mimado, para lo que se ha convertido en una obsesión: pintar. Pero Daniel Vierge en vez de volver a Madrid, en vez de refugiarse en los ecos de su éxito parisino –que por aquel entonces es como decir mundial- y en los recuerdos de una vida que pudo haber sido y que ya nunca será, decidió quedarse en París y comenzar una nueva vida: una nueva vida de pintor, adiestrando su otra mano, que le sirvió con la misma destreza, con la misma pasión, con la misma genialidad con que la derecha en sus años anteriores.
Los caminos de Daniel Vierge y el “Quijote” no podían por mucho tiempo estar distanciados. Hacia 1875 realiza unos dibujos para una edición que no llegará a imprimirse completa, y en el otoño de 1896, y a lo largo de un mes y medio, Daniel Vierge recorrió los pasajes manchegos, acompañado de Carlos Vázquez, en busca de esas imágenes que quería rescatar para “su” edición ilustrada, más allá de los avatares editoriales. Pero durante este mes, el pintor no tomó ni un apunte del natural: en quince días en Getafe, antes de volver a París, había llenado tres álbumes con los dibujos que le permitieron años después completar su edición, que se publicó cuando ya el pintor hacia dos años que había muerto: si Cervantes no pudo ver publicado su “Persiles”, al que dedicó sus últimos esfuerzos y ánimos, si Clemencín no fue capaz de sobrevivir a una obra que le llevó a leer todo libro que se le pusiera por delante o José Jiménez Aranda sólo pudo terminar varios centenares de cuadros y miles de dibujos para su edición del “Quijote”, Daniel Vierge tampoco pudo ver impresa sus ilustraciones… ahora en el Cuartel de Conde Duque, en Madrid, uno no puede dejar de emocionarse al ver varios cientos de los dibujos originales de esta edición; uno no puede dejar de imaginarse al pintor viajando por La Mancha, dibujando frenéticamente en Getafe para no perder ningún detalle. Está visto, el Quijote saca lo mejor de cada uno de nosotros. Tanto ayer como hoy.
Trazos gruesos de una biografía en la que se insertan nombres como los de su amigo Víctor Hugo o títulos de revistas míticas, a las que él llevó a la cima de su popularidad, como Le monde illustré… pero de todos ellos me quedo con uno de esos golpes con que el destino prueba a los grandes hombre: antes de cumplir los treinta años, Daniel Vierge sufre una hemiplejía que le deja la mitad derecha de su cuerpo inutilizada. Su genial mano derecha, sus dedos admirados por medio París, yacen ahora muertos encima de la cama. Ahí están pero ya no están ahí, ya no sirven para los que su dueño los ha mimado, para lo que se ha convertido en una obsesión: pintar. Pero Daniel Vierge en vez de volver a Madrid, en vez de refugiarse en los ecos de su éxito parisino –que por aquel entonces es como decir mundial- y en los recuerdos de una vida que pudo haber sido y que ya nunca será, decidió quedarse en París y comenzar una nueva vida: una nueva vida de pintor, adiestrando su otra mano, que le sirvió con la misma destreza, con la misma pasión, con la misma genialidad con que la derecha en sus años anteriores.
Los caminos de Daniel Vierge y el “Quijote” no podían por mucho tiempo estar distanciados. Hacia 1875 realiza unos dibujos para una edición que no llegará a imprimirse completa, y en el otoño de 1896, y a lo largo de un mes y medio, Daniel Vierge recorrió los pasajes manchegos, acompañado de Carlos Vázquez, en busca de esas imágenes que quería rescatar para “su” edición ilustrada, más allá de los avatares editoriales. Pero durante este mes, el pintor no tomó ni un apunte del natural: en quince días en Getafe, antes de volver a París, había llenado tres álbumes con los dibujos que le permitieron años después completar su edición, que se publicó cuando ya el pintor hacia dos años que había muerto: si Cervantes no pudo ver publicado su “Persiles”, al que dedicó sus últimos esfuerzos y ánimos, si Clemencín no fue capaz de sobrevivir a una obra que le llevó a leer todo libro que se le pusiera por delante o José Jiménez Aranda sólo pudo terminar varios centenares de cuadros y miles de dibujos para su edición del “Quijote”, Daniel Vierge tampoco pudo ver impresa sus ilustraciones… ahora en el Cuartel de Conde Duque, en Madrid, uno no puede dejar de emocionarse al ver varios cientos de los dibujos originales de esta edición; uno no puede dejar de imaginarse al pintor viajando por La Mancha, dibujando frenéticamente en Getafe para no perder ningún detalle. Está visto, el Quijote saca lo mejor de cada uno de nosotros. Tanto ayer como hoy.

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