Thursday, October 06, 2005

Coleccionismo

Hay ciertas cosas que no cambian cuando uno vuelve de vacaciones. Siempre ha sido así y así tiene que seguir siendo. Las vacaciones se llenan de ritos y de ritos se alimentan también estos días, estas semanas, este sorprendido mes de septiembre que ha convertido los despertadores en uno de los artefactos de tortura más sofisticados que conozco. Volvemos de las vacaciones con las maletas llenas de tópicos, buenas intenciones, alguna que otra meta y mucha ropa sucia. Que si nos hemos cargado las pilas para aguantar de un tirón este seco otoño, seco en lluvias y en fiestas; que como en casa en ninguna parte; que no vuelvo más a irme en agosto de vacaciones, como lo bien que se están en la ciudad cuando todo el mundo se va y nos deja solos… y más y más lugares comunes que, a medida que los días van pasando, no nos los creemos ni nosotros, por más que ensayemos gestos sinceros y sonrisas cargadas de conformismo delante del espejo todas la mañanas.
Pero si hay algo que marca el final de las vacaciones y la vuelta a la rutina, son las cientos de colecciones que inundan los quioscos y nos llaman, como nuevas sirenas, desde los anuncios de televisión, de prensa o radio. Y son siempre las mismas colecciones, por más que todas destaquen la novedad, el hecho de ser una oportunidad única que no debemos dejar pasar: que si quiero aprender inglés, francés o alemán, los cursos de Planeta-Agostini; que si deseo detener el tiempo, los relojes de Ediciones el Prado; que si no tengo vajillas, ahora me traen a mi mesa unos platos italianos… sin olvidar la colección de dibujos animados que llenaron nuestra niñez de ridículas (y recordadas) canciones, como son las de Heidi o Marco, acompañados ahora de figurillas que permiten recrear en tu salón un pedacito de los Alpes o el itinerario imposible de los Apeninos a los Andes; sin olvidar los fascículos que permiten construir en cómodos plazos semanales de euros y paciencia un castillo medieval o un coche de carreras… o la sala de la discoteca en que Belén Esteban se declaró a su último novio, que para todos hay un hueco en los quioscos, que parecen no tener límites… libros, discos, dvds parecen invadirlo todo con sus reclamos publicitarios… y eso que no hablamos de los periódicos, que parecen haberse empeñado en hacerle competencia a “La Razón” para regalar con el periódico los artículos más absurdos e inverosímiles.Y vuelvo de vacaciones y me paso varios minutos asombrado ante los imposibles límites de la imaginación humana, ante los disparates humanos convertidos en anuncios, dentro de la Librería Cervantes, buscando a Javier detrás de tantas ofertas, de tantos fascículos y promociones, que nos devuelven la necesidad de tener compromisos y dependencias semanales… y de pronto me doy cuenta que aún queda un espacio para la esperanza: ¡No hay ninguna novedad semanal que se venda a lomos de don Quijote y Sancho Panza, patrocinada por cualquier empresa de compresas o de productos lácteos…!

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