Las ventas de Navia
José Manuel Navia ha conseguido lo que parecía un imposible: un libro de fotos sobre la Macha, sobre los territorios de Don Quijote, sin caer ni en el tópico ni en la guía turística. Una mirada personal –la de un cíclope manual que le ha hecho famosos en el mundo de la fotografía- y al tiempo una mirada en la que todos pudiéramos reconocernos, en la que pudiéramos reconocer al “Quijote”, al mito, al personaje, al libro.
Cuando la editorial Lunwerg en colaboración con el Centro de Estudios Cervantinos publicó su libro de fotos, nos alumbró la Navidad más allá de los escaparates de los lugares comunes y de las citas sabrosamente copiadas, como se ha ido repitiendo, una y otra vez, en estos primeros meses de celebración y conmemoración quijotesca. Allí estaban los molinos de viento del campo de Criptaza, pero son otros molinos, ya que son los que vio don Quijote en su segunda salida en busca de aventuras caballerescas: la mirada de Navia, la luz del atardecer buscada con avidez, los vuelve únicos, los vuelve a hace cuatrocientos años, como si, al paso del trote de Rocinante, fuera la primera vez que los hubiéramos visto.
Pero ahora estas fotos, una selección de estas fotos, colgadas en los muros de la Casa de la Entrevista, ganan en detalles y en espectacularidad. Son las mismas fotos de “Territorios del Quijote”, pero son otras fotos. La venta de San Juan de Dios, o de Guadarlezas parece que nos ha preparado una alfombra de piedras para recibirnos, como hace ya algunos siglos parece que también recibiera a Santa Teresa de Jesús. Un paraguas, como olvidado en un rincón, destaca la blancura de las paredes y nos habla de mujeres y de hombres que allí viven, o, más bien, intentan sobrevivir y mantener con ellos el pasado. La Venta de Borondo, al amanecer, parece, y no hay ningún juego literario en ello, un castillo: sus muros se imponen sobre la horizontalidad de la mirada, y parecen decir aquí estoy, junto a un camino real que se ha llenado de pisadas, de historias y de palabras a lo largo de los siglos; camino encharcado, que convierte el agua en espejos de las nubes que parecen querer ser testigos de este paisaje. Y allí está la Venta de la Inés, con Felipe y su hija Carmen. Ahí están las ventas de La Mancha, las de hace un año cuando José Manuel Navia, acompañado por la sabiduría y la amistad de Joaquín González Cuenca, las ventas de hace cuatrocientos años, las que conocieron Don Quijote, Sancho Panza, el cura y el barbero… pero ¿hasta cuándo seguirá sobreviviendo este patrimonio manchego, uno de sus más característicos y propios? Las ventas de La Mancha, las que ha sabido retratar con maestría Navia, muestran la otra cara de estos tiempos: frente a los conciertos multitudinarios (¿alguien nos explicará alguna vez que tienen que ver Leny Kravitz, Elton John, Luciano Pavarotti o Barbara Hendricks con el IV Centenario del Quijote?), a la dotación millonaria de rutas del Quijote, que obligan a los personajes cervantinos a multiplicarse por toda La Mancha, la falta de atención a las ventas reales, a las que existieron en época de Cervantes y las que ahora se han podido recuperar para ofrecerlas un futuro. Algún día nos tendremos que preguntar qué están haciendo las administraciones –nacional, provinciales, municipales- con nuestro dinero para celebrar el IV Centenario y por qué no han sido capaces ni ponerse de acuerdo en algo que, en principio, parece que a todos nos une. Las ventas de Jose Manuel Navia, las que ahora podemos admirar en la Casa de la Entrevista, merecen nuestra defensa. ¡Gracias José Manuel por haberlas destacado del silencio en este año tan poco quijotesco!
Cuando la editorial Lunwerg en colaboración con el Centro de Estudios Cervantinos publicó su libro de fotos, nos alumbró la Navidad más allá de los escaparates de los lugares comunes y de las citas sabrosamente copiadas, como se ha ido repitiendo, una y otra vez, en estos primeros meses de celebración y conmemoración quijotesca. Allí estaban los molinos de viento del campo de Criptaza, pero son otros molinos, ya que son los que vio don Quijote en su segunda salida en busca de aventuras caballerescas: la mirada de Navia, la luz del atardecer buscada con avidez, los vuelve únicos, los vuelve a hace cuatrocientos años, como si, al paso del trote de Rocinante, fuera la primera vez que los hubiéramos visto.
Pero ahora estas fotos, una selección de estas fotos, colgadas en los muros de la Casa de la Entrevista, ganan en detalles y en espectacularidad. Son las mismas fotos de “Territorios del Quijote”, pero son otras fotos. La venta de San Juan de Dios, o de Guadarlezas parece que nos ha preparado una alfombra de piedras para recibirnos, como hace ya algunos siglos parece que también recibiera a Santa Teresa de Jesús. Un paraguas, como olvidado en un rincón, destaca la blancura de las paredes y nos habla de mujeres y de hombres que allí viven, o, más bien, intentan sobrevivir y mantener con ellos el pasado. La Venta de Borondo, al amanecer, parece, y no hay ningún juego literario en ello, un castillo: sus muros se imponen sobre la horizontalidad de la mirada, y parecen decir aquí estoy, junto a un camino real que se ha llenado de pisadas, de historias y de palabras a lo largo de los siglos; camino encharcado, que convierte el agua en espejos de las nubes que parecen querer ser testigos de este paisaje. Y allí está la Venta de la Inés, con Felipe y su hija Carmen. Ahí están las ventas de La Mancha, las de hace un año cuando José Manuel Navia, acompañado por la sabiduría y la amistad de Joaquín González Cuenca, las ventas de hace cuatrocientos años, las que conocieron Don Quijote, Sancho Panza, el cura y el barbero… pero ¿hasta cuándo seguirá sobreviviendo este patrimonio manchego, uno de sus más característicos y propios? Las ventas de La Mancha, las que ha sabido retratar con maestría Navia, muestran la otra cara de estos tiempos: frente a los conciertos multitudinarios (¿alguien nos explicará alguna vez que tienen que ver Leny Kravitz, Elton John, Luciano Pavarotti o Barbara Hendricks con el IV Centenario del Quijote?), a la dotación millonaria de rutas del Quijote, que obligan a los personajes cervantinos a multiplicarse por toda La Mancha, la falta de atención a las ventas reales, a las que existieron en época de Cervantes y las que ahora se han podido recuperar para ofrecerlas un futuro. Algún día nos tendremos que preguntar qué están haciendo las administraciones –nacional, provinciales, municipales- con nuestro dinero para celebrar el IV Centenario y por qué no han sido capaces ni ponerse de acuerdo en algo que, en principio, parece que a todos nos une. Las ventas de Jose Manuel Navia, las que ahora podemos admirar en la Casa de la Entrevista, merecen nuestra defensa. ¡Gracias José Manuel por haberlas destacado del silencio en este año tan poco quijotesco!

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