Monday, September 05, 2005

Albarracín y el Quijote

Albarracín tiene algo de sueño, algo de promesa cumplida, algo de empresa imposible… y así el Quijote y los libros de caballerías le van como anillo al dedo. Albarracín, a treinta kilómetros de un Teruel que día a día se engalana para demostrar que también existe, ha crecido bajo la sombra de un castillo, que todo lo domina, todo lo vigila y controla desde una de las colinas de los Montes Universales; Albarracín se ha ido poblando siguiendo los meandros del Guadalaviar, que llena de curvas una silueta, más allá de las cuestas que terminan por robar el aliento al turista más entrenado. En Albarracín, el yeso pinta de rosa los horizontes y las casas intentan descubrir los límites de la verticalidad, que va desde las tiendas de la calle a los miradores del último piso. Albarracín ha construido un futuro a base de conservar las piedras del pasado, las piedras, pinturas, esculturas, frescos, muebles y ropas que los obispos dejaron en la ciudad cuando la abandonaron a su suerte en el siglo XIX. Albarracín puede mirar ahora con una sonrisa el futuro porque por muchos años se quedó anclada en el pasado. Triste paradoja que ha llenado de pueblos fantasmas nuestra geografía.
Hace unos años, desde 1996, funciona en Albarracín la Fundación Santa María. En el siglo XII, Pedro Ruiz de Azagra, señor de Albarracín, jura vasallaje a Santa María y así coloca sus territorios al margen de los dos grandes reinos con los que compartía fronteras: el reino de Castilla y el de Aragón; junto al obispo de Toledo, frena los deseos del obispado de Zaragoza de extenderse por estos territorios. Ruiz de Azagra rompe los límites del feudalismo y convierte Albarracín en un señorío singular durante toda la Edad Media.
La Fundación Santa María de Albarracín parece seguir los pasos de esta singularidad: ha rehabilitado edificios, ha recuperado la memoria y le ha regalado a la ciudad el sueño del futuro. Albarracín, además del turismo de fines de semana, se llena todos los años de exposiciones, conciertos y conferencias. De mano siempre amistosa y genial de Juan Manuel Cacho Blecua, varias decenas de expertos sobre libros de caballerías nos hemos reunido en Albarracín para analizar la relación de este género literario con el Quijote, para mostrar la necesidad de rescatar aquellos para poder comprender y conocer un poco más éste, un poco mejor cómo fue ideado, pensado y leído el Quijote en sus primeros años de éxito. Profesores de varias universidades españolas, alemanas y norteamericanas, compartiendo tres días caballerescos y quijotescos en Albarracín. Las paredes del palacio del obispo, sede de la Fundación, creían recordar otros tiempos, esas edades doradas en que los valores caballerescos marcaban el ritmo de la sociedad. Allí, mientras hablábamos de Amadís de Gaula, de Amadís de Grecia, de Clarián de Landanís o del Florisando, sin olvidar las fiestas celebradas en toda España para celebrar la beatificación de Santa Teresa o la defensa del inmaculismo de Santa María, creíamos también nosotros escuchar el recuerdo de los cascos de los caballos por las calles de Albarracín.
Albarracín bien vale una escapada, bien vale una visita que nos devuelve lo mejor de nosotros mismos, al ser capaces de mirar el futuro con mirada clara al no olvidar nunca el pasado, a tenerlo siempre presente.

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