Sunday, June 26, 2005

"YO NACÍ LIBRE..." O EL DISCURSO DE MARCELA

Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Así de contundente, así de expeditiva, así de discreta se presenta la hermosa pastora Marcela en el capítulo 14 de la primera parte del Quijote. No hay discurso más teatral y más sentido en todo el libro. No hay discurso más autobiográfico. Marcela aparece, sorprendiendo a todos, justo en el momento en que el pastor Ambrosio se dispone a seguir leyendo versos y lamentos de su buen amigo Grisóstomo, que yace tendido sobre unas andas a la espera de su sepultura. Grisóstomo ha muerto de amor, ha muerto por un amor no correspondido. Y por eso, a los ojos de todos, la hermosa Marcela, causa y efecto de este amor, asombra y enfada a un tiempo. Y ella aparece, teatral (subida sobre una peña) con sólo un propósito, el de contar “su” historia, su particular punto de vista: “y así ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos”. Y así la hermosa Marcela habla y habla, y no deja de lanzar verdades a los asombrados espectadores, entre los que se encuentran don Quijote y Sancho. Yo nací libre les suelta a mitad de su parlamento. Y entre el canto a la libertad que entona la hermosa Marcela se van filtrando ecos de la soledad, de esa soledad que ha debido elegir para poder ser libre: “Los árboles d’estas montañas son mi compañía, las claras aguas d’estos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura”. Y más adelante dibujará con dos pinceladas su vida cotidiana: “La conversación honesta de las zagalas d’estas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene”. ¡Qué lejos está Marcela, allí, subida en una peña, de los mundos maravillosos que Grisóstomo y otros pastores le anuncian en sus versos y en sus cartas! Yo nací libre… y para seguir siendo libre Marcela debe vivir en el mundo que se ha inventado, el mundo pastoril más alejado de los cánones del género, ya que en él no existe ni una grieta por donde el Amor pueda colarse. Y así, Marcela es libre por vivir sola en su mundo pastoril; y así Alonso Quijano es libre por vivir, convertido en don Quijote de la Mancha, en su mundo caballeresco; y así Cervantes es libre por vivir en sus libros esa vida que el tiempo y los años le habían arrebatado de manera tan cruel a lo largo de su biografía. Un libro, como el Quijote, le permite a Cervantes ser libre mientras escribe, libre mientras va dejando correr la pluma para regalarnos tesoros como el siguiente: “El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera”.
Yo nací libre. Marcela, don Quijote y Cervantes unidos por una frase, por un discurso. Terminado el parlamento, ese genial parlamento subido en una peña, la hermosa Marcela “volvió las espaldas y se entró en lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba”. Todos quedaron en silencio, todos admirados tanto de su discreción como de su hermosura. Sólo don Quijote es capaz de hablar y lo hará para defender a Marcela, para defenderse a sí mismo y al propio Cervantes: “Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía”. Y así debe ser: no hay mayor tesoro que la libertad.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ

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