PRESAS
Viernes a las seis y media. Última representación de Presas en la sala García Lorca de la RESAD, la escuela oficial de Arte Dramático. Última representación de una obra de dos semanas de vida que culmina cuatro años de clases, de experiencias compartidas, de sueños rotos y de ilusiones que ahora tienen que confirmarse o perderse en el limbo de los “y si yo hubiera…”. Representación ante el público, examen final de las clases de interpretación.
Hay algo de mágico en la sala García Lorca cuando vamos entrando al ritmo de los nombres que recogen apellidos de familia y asientos reservados. Hay algo en el ambiente que resuma despedida y celebración. Las lágrimas están a flor de piel e inundan, poco a poco, el escenario.
Nueve presas en la postguerra española nos esperan en el escenario, cantando de espaldas al público; nueve presas, cada una con sus historias particulares, con sus biografías llenas de secretos y rincones oscuros; nueve presas unidas por un destino y una luz al final del túnel: el anuncio de la visita del obispo para indultar a una de ellas, siguiendo una costumbre que se repite cada ocho años: la puta que tiene una niña enferma, la adúltera embarazada que sólo piensa en su Félix, la loca que ha matado a su niño y que sigue acunándolo convertido en un viejo trapo, la comunista que ve cómo su familia ha de irse a Alemania, la manca anarquista, que no quiere que su hermano entre en un seminario, la puta ingenua que se deja engatusar por el maestro, la gitana que quiere rajar a su Antonio cuando descubre que le ha puesto los cuernos, la que está en la cárcel por haberse atrevido a rajar a su marido harta de tantas palizas y golpes nocturnos… y, sobre todas ellas, la francesa que entra en la cárcel al inicio de la obra, aterida y temblando, por ayudar a su novio a robar en una joyería y que, al final de la obra, sale gracias a la ayuda de un abogado que se ha enamorado de ella, aunque este enamoramiento termine por costarle la vida a su novio, y a ella el deseo de cruzar a Francia, lo que nunca consigue. Y con las presas, las monjas; las distintas caras de unas mujeres que son capaces de llorar cuando arrancan al hijo recién nacido de los brazos de su madre, para que se críe en una “familia de bien”, y la que tiene el corazón convertido en duro pedernal, sin olvidar a la madre superiora, que es capaz, con una sonrisa que todo lo ilumina, reconocer que sólo la fe le permite en ocasiones seguir creyendo en la existencia de Dios.
¿Final de unos estudios, de unos años compartiendo experiencias y frustraciones, alegrías y sinsabores, años en los que se han ido todas ellas y todos ellos creciendo como actores y como personas? Todo lo contrario. Inicio de brillantes carreras que nos devuelven la fe en el teatro, el teatro de la palabra que nos conmueve en nuestras butacas, más allá de esos espectaculares montajes, tan efímeros como innecesarios. Gracias, Déborah Vukusic, por esta bocanada de aire fresco, por devolvernos entre lágrimas el teatro en estado puro, una de las mejores obras que he visto en los últimos años.
ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ
Hay algo de mágico en la sala García Lorca cuando vamos entrando al ritmo de los nombres que recogen apellidos de familia y asientos reservados. Hay algo en el ambiente que resuma despedida y celebración. Las lágrimas están a flor de piel e inundan, poco a poco, el escenario.
Nueve presas en la postguerra española nos esperan en el escenario, cantando de espaldas al público; nueve presas, cada una con sus historias particulares, con sus biografías llenas de secretos y rincones oscuros; nueve presas unidas por un destino y una luz al final del túnel: el anuncio de la visita del obispo para indultar a una de ellas, siguiendo una costumbre que se repite cada ocho años: la puta que tiene una niña enferma, la adúltera embarazada que sólo piensa en su Félix, la loca que ha matado a su niño y que sigue acunándolo convertido en un viejo trapo, la comunista que ve cómo su familia ha de irse a Alemania, la manca anarquista, que no quiere que su hermano entre en un seminario, la puta ingenua que se deja engatusar por el maestro, la gitana que quiere rajar a su Antonio cuando descubre que le ha puesto los cuernos, la que está en la cárcel por haberse atrevido a rajar a su marido harta de tantas palizas y golpes nocturnos… y, sobre todas ellas, la francesa que entra en la cárcel al inicio de la obra, aterida y temblando, por ayudar a su novio a robar en una joyería y que, al final de la obra, sale gracias a la ayuda de un abogado que se ha enamorado de ella, aunque este enamoramiento termine por costarle la vida a su novio, y a ella el deseo de cruzar a Francia, lo que nunca consigue. Y con las presas, las monjas; las distintas caras de unas mujeres que son capaces de llorar cuando arrancan al hijo recién nacido de los brazos de su madre, para que se críe en una “familia de bien”, y la que tiene el corazón convertido en duro pedernal, sin olvidar a la madre superiora, que es capaz, con una sonrisa que todo lo ilumina, reconocer que sólo la fe le permite en ocasiones seguir creyendo en la existencia de Dios.
¿Final de unos estudios, de unos años compartiendo experiencias y frustraciones, alegrías y sinsabores, años en los que se han ido todas ellas y todos ellos creciendo como actores y como personas? Todo lo contrario. Inicio de brillantes carreras que nos devuelven la fe en el teatro, el teatro de la palabra que nos conmueve en nuestras butacas, más allá de esos espectaculares montajes, tan efímeros como innecesarios. Gracias, Déborah Vukusic, por esta bocanada de aire fresco, por devolvernos entre lágrimas el teatro en estado puro, una de las mejores obras que he visto en los últimos años.
ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ

0 Comments:
Post a Comment
<< Home