EDICIÓN DEFINITIVA
La imprenta durante el siglo XVI fue convirtiéndose en un negocio. El invento de Gutenberg a mediados del siglo XV, el que multiplicó la palabra de Dios en letras de molde se fue llenando de libreros, de editores, de estrategias editoriales y de reclamos publicitarios. Los simples, reducidos títulos del pasado ahora se ampliaron con palabras y más palabras con una única finalidad: atraer la atención del comprador. El lector, en el nuevo arte de la industria en que se había convertido la imprenta, había quedado en un segundo plano: el editor, el librero sólo pensaba en el comprador, en quien gasta sus dineros (sus maravedís, sus pesetas, sus euros…) en adquirir un producto comercial. Que lo lea después o lo guarde (y olvide) en la estantería de una biblioteca es algo que no le importa, que no le concierne. En estas primeras estrategias editoriales y publicitarias en los libros del siglo XVI hay una palabra que se repite hasta el cansancio: nuevo. “Edición nuevamente corregida y emendada”. “Nueva edición…”. La novedad como principio motor de una nueva sociedad, de una nueva cultura y, sobre todo, de una nueva industria.
Han pasado cuatrocientos años de la publicación del Quijote. La imprenta durante estos cuatrocientos años ha disfrutado de su monopolio en la difusión de la cultura y ha sufrido también los ataques de otros medios: desde la prensa periódica a partir del siglo XVIII, y de la radio, el cine y la televisión en el siglo XX, a los nuevos formatos informáticos y digitales durante el nuevo milenio. Pero cuatrocientos años después, las industrias editoriales siguen encontrando en los reclamos publicitarios su búsqueda de nuevos compradores (que no de nuevos lectores). En este contexto hemos de situar algunos de los titulares en la prensa después de que se haya presentado la edición del Quijote que ha coordinado Francisco Rico, reutilizada por varias editoriales (Círculo de Lectores, Alfaguara…): “Edición definitiva”. El mismo reclamo publicitario que hace ocho años se usó para presentar esta misma edición, entonces publicada por Crítica bajo el manto protector del Instituto Cervantes. Hace cuatrocientos años la publicidad destacaba la “novedad”. Hoy, en este milenio casi virtual, parece que vende lo “definitivo”. Pero no nos llevemos a engaño: no hay ediciones definitivas… por más que los de Círculo de Lectores y Alfaguara estén ahora sonriendo con la caja que están haciendo a costa de un autor que murió pobre, después de haber escrito la más grande de las novelas. Y que nadie se lleve a engaño: cuantas más ediciones del Quijote haya en el mercado mucho mejor; con más interpretaciones, con más puntos de vista podremos adentrarnos en los misterios del texto cervantino. Pero que nadie tenga la soberbia de creerse con la última palabra, y mucho menos, cuando esa última palabra sólo le pertenece a Cervantes.
ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ
Han pasado cuatrocientos años de la publicación del Quijote. La imprenta durante estos cuatrocientos años ha disfrutado de su monopolio en la difusión de la cultura y ha sufrido también los ataques de otros medios: desde la prensa periódica a partir del siglo XVIII, y de la radio, el cine y la televisión en el siglo XX, a los nuevos formatos informáticos y digitales durante el nuevo milenio. Pero cuatrocientos años después, las industrias editoriales siguen encontrando en los reclamos publicitarios su búsqueda de nuevos compradores (que no de nuevos lectores). En este contexto hemos de situar algunos de los titulares en la prensa después de que se haya presentado la edición del Quijote que ha coordinado Francisco Rico, reutilizada por varias editoriales (Círculo de Lectores, Alfaguara…): “Edición definitiva”. El mismo reclamo publicitario que hace ocho años se usó para presentar esta misma edición, entonces publicada por Crítica bajo el manto protector del Instituto Cervantes. Hace cuatrocientos años la publicidad destacaba la “novedad”. Hoy, en este milenio casi virtual, parece que vende lo “definitivo”. Pero no nos llevemos a engaño: no hay ediciones definitivas… por más que los de Círculo de Lectores y Alfaguara estén ahora sonriendo con la caja que están haciendo a costa de un autor que murió pobre, después de haber escrito la más grande de las novelas. Y que nadie se lleve a engaño: cuantas más ediciones del Quijote haya en el mercado mucho mejor; con más interpretaciones, con más puntos de vista podremos adentrarnos en los misterios del texto cervantino. Pero que nadie tenga la soberbia de creerse con la última palabra, y mucho menos, cuando esa última palabra sólo le pertenece a Cervantes.
ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ

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