BIOGRAFÍA DE UN LIBRO
Hay algunos lectores –que los hay- de estas disquisiciones quijotescas y semanales que me han preguntado sobre la exposición de la Biblioteca Nacional de Madrid: “Don Quijote. Biografía de un libro”.
Mercedes Dexeus ha organizado la biografía del Quijote desde un único criterio: el cronológico, como si la vida de un libro –como la de cualquier persona- se redujera a unos hitos entresacados en el arco tenso de la existencia; biografía que parece reducirse a un informe burocrático: nació en 1604 y comenzó a dar sus primeros pasos en 1605, para difundirse por Europa en inglés en 1612 y en francés en 1614, hasta hacerse adulto en 1738 en Londres y un caballero envidiable en 1780, en un Madrid académico; caballero que mantiene su vigor y fortaleza después de cuatrocientos años…
Pero la vida de un libro –como la de cualquier persona- es algo más que un hilo entrecortado de cifras; y ahí están, en las salas de exposición de la Biblioteca Nacional en el madrileño Paseo de Recoletos, casi escondidos, los momentos culminantes de la vida del Quijote, como libro y como texto: no dejen de admirar el excelente juego de estampas sueltas que el impresor Jacques Lagniet puso a la venta en el París de 1650 –según el ejemplar de la Bibliothèque Nationale de France-, el primero en idear una empresa similar (de las 38 estampas sólo podrán admirar la portada, pero ya es algo); o esos óleos de Robert Smirke para las cabeceras de su ilustración romántica de 1818, o esos dibujos y bocetos para las estampas de las diversas ediciones del Quijote que lleva a cabo la Real Academia Española desde finales del siglo XVIII.
Después de haber llegado a la tercera sala, y si tienen todavía ánimos para seguir pasando por encima de libros y más libros sólo organizados por el año de publicación, hagan una parada, amplia y admirativa, en el pasillo izquierdo de esta sala: allí, colgadas en la pared, casi de una manera anecdótica y sin darle el realce que merece, nos sorprende el dibujo original de Francisco de Goya, que se conserva en el British Museum de Londres, justo a la litografía del siglo XIX, de los que hemos tenido ocasión de hablar aquí a propósito de la exposición Don Quijote, un mito en papel. Allí, pequeño y genial en la misma proporción, triunfa Goya en este dibujo original, que nada tiene que ver con el que ideara –y nunca se aceptara- para la edición académica de 1780. Joyas que se pierden en el esqueleto frío de los números y la cronología con que se ha organizado la exposición “Don Quijote, biografía de un libro” en la Biblioteca Nacional.
Los fastos del IV Centenario se siguen multiplicando. Y esta exposición puede considerarse uno de sus proyectos más fallidos por no haber sabido sus responsables dar cuerpo a un estupendo título y a explicar al visitante la importancia de las piezas magníficas allí reunidas, que hacen del Quijote lo que es: un libro vivo, más allá del empeño de algunos de acabar con él con exposiciones tan aburridas, tan alejadas del espíritu cervantino, ya que ni entretienen ni enseñan.
ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ
Mercedes Dexeus ha organizado la biografía del Quijote desde un único criterio: el cronológico, como si la vida de un libro –como la de cualquier persona- se redujera a unos hitos entresacados en el arco tenso de la existencia; biografía que parece reducirse a un informe burocrático: nació en 1604 y comenzó a dar sus primeros pasos en 1605, para difundirse por Europa en inglés en 1612 y en francés en 1614, hasta hacerse adulto en 1738 en Londres y un caballero envidiable en 1780, en un Madrid académico; caballero que mantiene su vigor y fortaleza después de cuatrocientos años…
Pero la vida de un libro –como la de cualquier persona- es algo más que un hilo entrecortado de cifras; y ahí están, en las salas de exposición de la Biblioteca Nacional en el madrileño Paseo de Recoletos, casi escondidos, los momentos culminantes de la vida del Quijote, como libro y como texto: no dejen de admirar el excelente juego de estampas sueltas que el impresor Jacques Lagniet puso a la venta en el París de 1650 –según el ejemplar de la Bibliothèque Nationale de France-, el primero en idear una empresa similar (de las 38 estampas sólo podrán admirar la portada, pero ya es algo); o esos óleos de Robert Smirke para las cabeceras de su ilustración romántica de 1818, o esos dibujos y bocetos para las estampas de las diversas ediciones del Quijote que lleva a cabo la Real Academia Española desde finales del siglo XVIII.
Después de haber llegado a la tercera sala, y si tienen todavía ánimos para seguir pasando por encima de libros y más libros sólo organizados por el año de publicación, hagan una parada, amplia y admirativa, en el pasillo izquierdo de esta sala: allí, colgadas en la pared, casi de una manera anecdótica y sin darle el realce que merece, nos sorprende el dibujo original de Francisco de Goya, que se conserva en el British Museum de Londres, justo a la litografía del siglo XIX, de los que hemos tenido ocasión de hablar aquí a propósito de la exposición Don Quijote, un mito en papel. Allí, pequeño y genial en la misma proporción, triunfa Goya en este dibujo original, que nada tiene que ver con el que ideara –y nunca se aceptara- para la edición académica de 1780. Joyas que se pierden en el esqueleto frío de los números y la cronología con que se ha organizado la exposición “Don Quijote, biografía de un libro” en la Biblioteca Nacional.
Los fastos del IV Centenario se siguen multiplicando. Y esta exposición puede considerarse uno de sus proyectos más fallidos por no haber sabido sus responsables dar cuerpo a un estupendo título y a explicar al visitante la importancia de las piezas magníficas allí reunidas, que hacen del Quijote lo que es: un libro vivo, más allá del empeño de algunos de acabar con él con exposiciones tan aburridas, tan alejadas del espíritu cervantino, ya que ni entretienen ni enseñan.
ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ

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