Sunday, June 26, 2005

AT

Todo se estaba desarrollando según lo previsto. La segunda jornada del Seminario Edad de Oro de la Universidad Autónoma de Madrid, dedicado en su XXV cumpleaños a celebrar el cuarto centenario de la publicación del Quijote, había comenzado tarde. Las ponencias se sucedían acumulando sabiduría, lugares comunes y retraso. Nada que no fuera normal. Al conferenciante genial que hablaba de la poesía cervantina le sucedía la voz monótona de otro que improvisaba palabras que sólo él sentía como originales. Nada que no fuera normal. Pero de pronto irrumpió A. T. El responsable de las jornadas cortó la marcha normal de una mesa, hizo levantar a los conferenciantes para dar paso a A. T. Con cara de circunstancias y una sola explicación: a las dos A. T. tenía que irse acuciado por nuevos actos y oropeles.
A. T. habló, habló y habló y habló durante cuarenta minutos. Sus manos temblorosas y un cierto tono al terminar las frases evidenciaban que no se encontraba del todo a gusto, que no era capaz de imaginar ninguna frase que, al menos, resultara interesante. Pero siguió hablando, hablando, hablando y hablando. Hablaba de sí mismo cuando decía estar hablando de Cervantes; se lamentaba del poco reconocimiento del que gozó Cervantes en vida reflejando entonces su propia letanía de reproches; y repetía una y otra vez que Cervantes había sido un desgraciado cuando una casi imperceptible suspiro dejaba ver que bajo ese adjetivo se escondía él mismo. Y habló y habló y habló transitando lugares comunes que llenaba de sonrisas y bostezos el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid.
Pocos aplausos al final de la charla y una salida nada digna repartiendo ejemplares firmados de su último libro, en versión de bolsillo.
Las verdades se imponen con el paso certero de la experiencia: un escritor nunca debe caer en la tentación de analizar su propia obra, y ciertos escritores no deben tampoco atreverse a hablar de la obra de otros escritores. Hay escritores que estarían mucho mejor si se limitaran a quedarse en su casa escribiendo dietarios.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ

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