Thursday, December 23, 2004

Los fastos del IV Centenario

El pasado martes, hace ya una semana, se presentó en la Biblioteca Nacional el programa (¡provisional!) de actos con que la Comisión Estatal quiere conmemorar el IV Centenario de la publicación de la Primera parte del Quijote. José Manuel Blecua, el presidente de la Comisión, dejó claro cuál es la finalidad que les ha movido a programar actividades que (nos) costarán a todos treinta millones de euros: “Nuestro principal objetivo es que esta efeméride no se convierta en fastos. Deseamos que este centenario contenga elementos perdurables y que no haya lugar ni sitio para elementos efímeros”. Se puede decir más alto, pero no más claro.
Desde el Centro de Estudios Cervantinos llevamos años trabajando en herramientas y “elementos” con el objetivo de que sirvan y ayuden a los investigadores, a los lectores, a los curiosos que se acercan a Cervantes, a su vida, a su obra, a su época y a su cultura. Llevamos años trabajando, antes del Centenario, y lo seguiremos haciendo después de que se cierren con un portazo las efemérides quijotescas (como le gusta resaltar a la Ministra). Y ahí están lo más de veinte libros de caballerías recuperados o la cada vez más prestigiosa colección “Biblioteca de Estudios Cervantinos”, que son nuestra mejor tarjeta de visita. Hace ocho años comenzamos a trabajar en una Gran Enciclopedia Cervantina, dirigida por Carlos Alvar, y en la que hemos colaborado casi doscientos especialistas de todo el mundo; en el 2002 comenzó su andadura el Banco de imágenes del Quijote: 1605-1905, que, a partir de mayo del 2005, pondrá a disposición de todos un portal de Internet con reproducción de grabados y dibujos que han ilustrado el Quijote en sus tres primeros siglos de difusión; desde 2003 colaboramos con la Revista Poesía en un número especial, que se ampliará con una exposición itinerante –que se inaugurará en enero- y otra permanente, cuya sede definitiva todavía no ha sido fijada.
Vuelvo la vista a los actos programados por la Sociedad Estatal y, al margen de estos en los que nos hemos implicado más de un alcalaíno, no encuentro casi ningún otro que no pueda ser calificado de efímero. Cervantes es un maestro del lenguaje. No hace falta repetirlo. José Manuel Blecua nos ha mostrado con sus declaraciones el enorme abismo que sigue existiendo entre las palabras y la realidad, cómo aún en el 2005 es posible seguir viviendo en un mundo de ficción donde se anuncian “elementos perdurables” donde sólo hay fastos, meros fuegos de artificio.
¡Si Cervantes levantara la cabeza!

Hoy por hoy

Todo está preparado en Argamasilla de Alba para la retransmisión del programa Hoy por hoy desde la casa de Medrano. Un programa especial ideado por Iñaki Gabilondo como pórtico de la Cadena Ser a las celebraciones quijotescas del 2005. Cuenta la leyenda que en la cueva del corregidor Medrano permaneció preso Cervantes en sus conocidos como los “años oscuros”, los últimos del siglo XVI. En dos o tres ocasiones estuvo Cervantes en la cárcel al no cuadrar las cuentas de sus recaudaciones de impuestos para la Armada Invencible: en 1592, 1597 y, tal vez, hacia 1602. Pero en Argamasilla no se habla de impuestos sino de amoríos y de piropos. En este lugar de La Mancha vivía Don Rodrigo de Pacheco con su hermana Magdalena. Un domingo, a la salida de la Iglesia de San Juan Bautista, Miguel de Cervantes no pudo dejar de alabar la hermosura de Magdalena y el hidalgo Pacheco, ante tal osadía, exigió que le llevaran preso a la casa del corregidor. En una triste cárcel, abandonado incluso del amor, Cervantes –sigue diciendo la leyenda- comienza a idear su Don Quijote, y así se ha querido ver autobiografía en el siguiente fragmento del prólogo a la primera parte del libro: “¿Qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?”.
Amores o deudas, impuestos o paseos, la cárcel de Sevilla, Castro del Río o la cueva de Medrano… nada importa en Argamasilla de Alba. En este lugar de La Mancha todo huele, todo sabe, todo tiene el color del Quijote. No hay nadie en Argamasilla que no conozca al caballero andante, al hidalgo que era uno de sus vecinos; no hay nadie –y esto no es una leyenda- que no haya leído el libro, que no lo haya visto en las representaciones populares que se repiten todos los años. Argamasilla se ha vestido de fiesta cervantina para recibir a las millones de oyentes de Hoy por hoy. El salón de actos está lleno. Desde la mañana. Desde las primeras horas de la mañana. Allí, ancianos y niños, campesinos y amas de casa, profesores y estudiantes ríen con las quijotadas de los muñecos del guiñol, suspiran aliviados cuando oyen negar autoridad a la atribución de Villanueva de los Infantes como “el lugar” del inicio del libro, permanecen atentos a las explicaciones y comentarios del presidente castellano-manchego José María Barreda, se sorprenden de que Luis del Val no haya sacado a pasear a su tía Pascualina y sonríen al oír los sonidos de los molinos de viento o del patio de una venta. Escuchan con devoción todo lo que tiene que ver con Cervantes, con el Quijote, ya venga de los labios de la secretaria de los Académicos de Argamasilla o de mis propios labios, que no pueden dejar de sonreír al saberse, sin ninguna duda desde la Casa de Medrano, que uno se encuentra en ese “lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”.

Publicado en el Diario de Alcalá

60.000

La Comunidad de Madrid ha anunciado la adquisición de 60.000 ejemplares de la edición del Quijote que acaba de presentar la Real Academia Española en el III Congreso de la Lengua Española en Rosario (Argentina). 60.000 ejemplares del Quijote para repartir el año que viene entre los estudiantes de bachillerato de la comunidad. Este anuncio se suma a los que ya habían hecho la Comunidad Valencia y el Gobierno Vasco.
La “Edición del IV Centenario” de la Real Academia Española, que ha sido impresa por Alfaguara (que forma parte del grupo Santillana, que a su vez es uno de los componentes del Grupo Prisa) marcará un record; es la edición del Quijote (y quizás de cualquier otra obra de ficción) con una mayor tirada: millones de ejemplares que, a un precio módico, se distribuirán por España y América en los dos próximos años. Una nueva “edición definitiva” del Quijote, como señala la publicidad de la propia empresa. Pero, ¿qué encontrará un lector en la edición del IV Centenario del Quijote de Alfagura? Como texto se reutiliza el fijado por Francisco Rico para la edición que publicó la editorial barcelonesa Crítica (financiada en su mayor parte por el Instituto Cervantes) en 1998, y que en el 2004 ha sido reeditada (limitándose los cambios, en su mayor parte, a la actualización bibliográfica) por Círculo de Lectores (con financiación de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales); el mismo texto que en las últimas semanas se ha distribuido de manera gratuita con el diario ABC y el que se anuncia que publicará la Empresa pública “Don Quijote de La Mancha 2005 SA” de Castilla-La Mancha en los próximos meses. Antecede al texto cuatro magníficos ensayos financiados por la Fundación Caja Madrid, escritos por primeras espadas como Mario Vargas Llosa, Francisco Ayala, Martín de Riquer y el propio Francisco Rico, y lo completa notas de lingüistas y críticos literarios alrededor del tema “La lengua de Cervantes y el Quijote” y un Glosario de más de 6000 acepciones, realizado por lexicógrafos de la Real Academia Española.
Sin duda la Edición del IV Centenario del Quijote, publicada por Alfaguara, es una magnífica edición; ni la definitiva ni la canónica, pero una magnífica… pero ¿es la edición del Quijote que deben leer nuestros jóvenes? Por supuesto que no. Ni los ensayos están destinados a ellos ni se les plantea de manera clara las claves de la obra. Cuando en el mercado hay ediciones escolares del Quijote, como las que Florencio Sevilla Arroyo y Elena Varela Merino editaron en Castalia o la que Fernando Gómez Redondo ha dado a conocer en Edelvives, por sólo poner dos ejemplos, no creo que sea la mejor opción la compra de 60.000 ejemplares para repartir entre nuestros estudiantes de una edición que en nada tiene en cuenta sus características, por más que esté avalada por la Real Academia Española. Me temo que al terminar 2005 tendremos que lamentar que haya 60.000 lectores menos del Quijote en la Comunidad de Madrid, que hayamos conseguido lo contrario a lo que con tanto tino había propuesto la Comisión autonómica del IV Centenario.

En un lugar de La Mancha

“En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”. Así comienza la mejor novela de todos los tiempos. Principio genial por todos recordado. Sólo el de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”) puede disputarle a Cervantes la corona literaria de haber imaginado un prólogo de palabras de ficción más sugestivo, más sorprendente al inicio de una novela.
En un lugar de la Universidad Complutense de cuyo nombre nadie habla, un grupo de profesores han presentado un estudio con el título: 'El Quijote' como un sistema de distancias tiempos: hacia la localización del lugar de la Mancha, en donde dicen haber identificado de modo científico la localización exacta en los Campos de Montiel del “lugar” de ficción que ideara Cervantes como pórtico a su novela: Villanueva de los Infantes. Para ello, según se ha adelantado en la prensa, se han contado con 24 variables, entre las que destacan tres: la identificación de la venta de Palomeque el Zurdo, la velocidad de marcha de Rocinante y del rucio de Sancho Panza y el camino de Cárdenas a Cartagena.
La necesidad de descubrir en la geografía real manchega indicios del “lugar” cervantino se extendió en el siglo XVIII, cuando el Quijote pasó de ser considerado una novela de ficción que desataba entre sus lectores carcajadas, para ser tenida como una crónica, un texto histórico, reflejo de caminos, ventas, lugares y personajes reales. La ficción del Quijote, la genial escritura de Cervantes que dio al mundo el más divertido de los libros de caballerías hasta entonces imaginado, se convirtió entonces a lomos de los ilustrados en un libro histórico.
Argamasilla de Alba, Villanueva de los Infantes, Alcubillas, Quintanar de la Orden, Alcázar de San Juan se han disputado desde entonces ser el “lugar” en que nació y vivió un hidalgo llamado Alonso Quijano, el “lugar” del que partió una madrugada de julio en busca de aventuras el caballero don Quijote de la Mancha. Y no fue baladí su búsqueda en aquel entonces, hace ya más de dos siglos: la Real Academia Española en la edición canónica que terminó de imprimir Joaquín Ibarra en 1780, introduce un mapa con la ruta del Quijote, levantado gracias a los datos aportados por José de Hermosilla, capitán de ingenieros, según “observaciones hechas sobre el terreno”.
Se nos dice en las notas de prensa con las que se ha dado un increíble eco al estudio científico de un texto de ficción como si de datos reales se tratara, que la intención de Cervantes al silenciar el nombre de Villanueva de los Infantes (o de cualquiera de los otros lugares candidatos, me atrevería a añadir) fue la de proponerle al lector de la época un acertijo. Y algo de razón tienen estos profesores que se han acercado al Quijote (una obra de ficción) como lo hubieran hecho a los datos aportados por los censos municipales: Cervantes pretendió con ese inicio genial a su no menos genial novela entablar un primer diálogo cómico con el lector.
“En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo” debía primero sorprender y luego admirar a cualquier lector de la época, que ya no podía dejar de reír mientras seguía leyendo. Ellos, los lectores del aquel entonces, sabían lo que tenían entre manos, lo que habían comprado: un libro de caballerías. Una “historia fingida” que trata de las aventuras de príncipes, reyes, emperadores que vivieron hace ya muchos siglos (los años dorados de la caballería) en los palacio y castillos de lejanos reinos. Al comenzar la lectura del Quijote debieron resonar en su memoria los principios de otros libros de caballerías, como el Tristán de Leonís (“En Cornualla e en Leonís hubo un rey que hubo nombre Felipe, e hubo tres hijos e dos hijas, de las cuales la presente historia no hará mención”) y, sobre todos ellos, el siempre exitoso Amadís de Gaula, de Garci Rodríguez de Montalvo (“No muchos años después de la pasión de nuestro redentor y salvador Jesucristo, fue un rey cristino en la Pequeña Bretaña por nombre llamado Garínter”). Frente a los reinos de Cornualla y de Leonís, al de la Pequeña Bretaña, Cervantes opone un “lugar” de La Mancha, es decir, no cualquier lugar, como entenderíamos nosotros, sino en su acepción de aquel entonces: población pequeña, menor que una villa y mayor que una aldea; frente a los tiempos pretéritos ese genial “no ha mucho tiempo” y, por último, en vez de hablarnos de reyes, lo hará de un pobre y anciano hidalgo.
El único método científico para estudiar las obras literarias es la filología; podemos crear divertimentos, inventar curiosidades, pero nunca le podremos poner la etiqueta de “científicos”, por más que la estadística se convierta en una de sus herramientas. Sólo con los conocimientos filológicos podremos acercarnos a descubrir las intenciones del autor y la recepción de su obra, esos acertijos que hacían las delicias a sus lectores y que hoy en día siguen vivas en nosotros mismos. Sólo así podremos seguir riéndonos, disfrutando y aprendiendo cada vez más cuando leamos (o recordemos) aquello de “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”, alejarnos de falsos acertijos y de no menos increíbles teorías. Leer por primera vez el Quijote, seguir disfrutando con su lectura una vez más es el mejor homenaje que podemos hacerle a su autor y al libro cuatrocientos años después de su primera publicación. Leerlo con nuestros ojos, con nuestra realidad, pero sin olvidarnos nunca lo que fue en su génesis: un libro de caballerías.