Thursday, December 08, 2005

Jaramillo y Medellín

Abandona el Poeta el aeropuerto de Río Grande. Lo hace a pasos cortos, casi sin despegarse de la tierra. La pequeña espalda, su cazadora vaquera no parecen ser capaces de seguir soportando un mar de versos caudalosos. Pero así será por muchos años. Su cabeza –cráneo privilegiado- ilumina la gran sala del aeropuerto. Se va el Poeta, el Poeta que me ha acompañado, como una recién estrenada sombra, en las últimas veinticuatro horas por las arterias y el corazón de Medellín. ¿Qué impresión causa al viajero la ciudad de las flores, la de la eterna primavera, las de los árboles siempre florecidos y las camisas siempre de manga corta? ¿Qué imágenes se lleva uno en la maleta entre los regalos, los libros y las camisas mal dobladas? En mi caso, ninguna. He viajado con el Poeta por el metro de Medellín, hemos recorrido de norte a sur, de este a oeste sus dos brazos, azul y naranja, viendo la ciudad desde el cielo y las nubes; metro que se desliza por encima de las calles y de las casas como dos grandes brazos, como las aspas de un inmenso molino quijotesco. Un taxi nos ha llevado por la plaza de las estatuas de Botero y por la orilla del río, lleno de unas imágenes que volverán inolvidable la iluminación navideña de Medellín durante este año. Pero de todos estos itinerarios, ninguna imagen me queda, ninguna que haga bulto en mi maleta.
Medellín tiene un corazón: la Biblioteca Piloto, y unas arterías llenas de amistas: las conversaciones con Jaime Jaramillo, el Poeta, y las de tantos amigos que allí dejo. Estas son las únicas imágenes que me llevo de Medellín: las sonrisas, los abrazos, las lágrimas contenidas ante las despedidas y las invitaciones sonrientes para volver.
Medellín, el corazón de los paisas, vive a lomos de un nombre y de un pasado que colocó la cocaína en el centro de las plazas. Los edificios levantados por Pablo Escobar y su cartel señorean en Medellín mientras a lo lejos la vista se pierde en un horizonte de casas que hablan de miles de desplazados por la guerra civil encubierta que sufre Colombia desde hace décadas, que hablan de barrios enteros construidos en las laderas de las montañas con la ilusión de soñar con que el futuro siempre puede ser mejor que el presente. Desplazados por la guerrilla, por los militares, por los paramilitares, por los carteles de la droga y por los políticos corruptos.
Pero Medellín se llena de luces en Navidad y cada nuevo año puede convertirse en un nuevo punto y aparte: la delincuencia ha bajado casi un sesenta por ciento y las líneas maestras para el futuro se van escribiendo día a día, mostrando que otro Medellín, que otra Colombia también es posible. Un Medellín nuevo en que vuelve de nuevo don Quijote a cabalgar, aunque en esta ocasión lo haga en paisa, en la lengua propia de Medellín: “Por allá en la Mancha, en un pueblecito que no me quiero acordar cómo se llana, no hace muchos años que vivía un caballero de esos que mantienen colgados en la pared una lanza, un escudo y un poco más de armas, por si acaso. Era un señor más bien sosegado, que se mantenía encerrado en su pieza y con nadie se metía. Las que vivían con él eran una señora que le decían el ama, por ai de unos cuarenta años, y una sobrina, queridota ella, que no llegaba a los veinte. Porque lo que es él sí pasaba de los cinco candores, que en ese tiempo era mucho. Era alto y flacuchento, pero alentado y muy madrugador”.

Sancho

Cerró Sancho la puerta. Creyó que sería la última vez, pero también en esta ocasión se equivocó, como los Anales de La Mancha se han empeñado en recordarnos. Pero por aquel entonces aún Sancho, así como el resto de sus vecinos, creyó que esa sería la última vez que cruzaría aquella puerta que le había introducido en un universo que él ni había soñado que pudiera imaginarse. Cerró la puerta y detrás se escuchó el ladrido desganado de un galgo corredor. Le hubiera gustado a Sancho pensar que Rocinante ya había comenzado a echarle de menos, pero no salió ningún sonido del establo: Rocinante dormía, dormía soñando no despertarse jamás: mientras permanecía dormido ni sentía hambre ni ese agudo dolor en sus casos, con las herraduras casi desgastadas por ir detrás de tantas absurdas aventuras.
Sancho, aunque no quisiera, estaba contento. Sentía la muerte de su amo, y la sentía con un dolor agudo en el corazón, como si su vida se hubiera roto en mil pedazos, como esos baratos vasos de vidrio que se desintegran antes de llegar al suelo. Pero este dolor no era capaz de hacer desaparecer esa sonrisa que le nacía en la boca del estómago: una sonrisa que le traía a la realidad de las herencias y de los dineros que vendrían a hacer de este invierno uno de los más recordados de su vida. Su señor, la luz de la andante caballería, se había muerto, pero ahí estaban sus recuerdos, la memoria de todas y cada una de sus enseñanzas para perpetuar su memoria. Alonso Quijano había muerto pero don Quijote seguiría vivo mientras Sancho continuara recordándole, leyendo de nuevo en sus recuerdos las mil y una aventuras que habían vivido juntos, los palos y pedradas que había soportado con más resignación que paciencia. No pudo dejar de sonreír cuando se acordó de sus miedos nocturnos en la Aventura de los Batanes o el triunfal recibimiento en la Ínsula Barataria, y el hambre y los golpes que se pasa cuando uno termina siendo nombrado gobernador. De aquellas señales, le quedaba una única enseñanza: por nada del mundo aceptaría de nuevo ser político, estar en manos de quienes viven sin tener escrúpulos. Don Quijote seguía vivo porque no pasaba un segundo que no le recordara. De Alonso Quijano no conservaba Sancho ningún recuerdo.
Antes de volver a su casa, con el corazón en un puño, decidió Sancho pasear por su lugar. Nunca antes lo había hecho. Nunca antes se había dejado seducir por la incógnita de una esquina o la pregunta de una bifurcación al final de una calle. Antes siempre había sabido a dónde debía ir y de dónde era necesario volver. Pero ahora era otra cosa. Ahora sus pies se movían con otro ritmo, con nuevas y desconocidas metas que estaban amenazando a su corazón con salirse del pecho.
Don Quijote no moriría mientras él lo recordara, mientras él fuera el pozo en que los recuerdos iban almacenándose… pero, ¿y él? ¿Quién se acordaría de sus aventuras, de sus miedos, de sus juicios, de sus refranes y de sus enseñanzas? ¿Quién le haría vivir recordándole después de que hubiera muerto?
Antes de abrir la puerta de su casa, antes de ser recibido con la mirada inquisitorial de su mujer y el silencio ruidoso de sus hijos, Sancho ya había tomado una decisión, que terminaría por cambiar su vida: no pasaría mucho tiempo antes de salir una madrugada en busca de nuevas aventuras. A partir de mañana empezaría a buscar un escudero, para dejar grabadas sus palabras y sus enseñanzas en su recuerdo.

Saturday, November 19, 2005

La imagen de un mito

En 1613, se celebraron en la ciudad alemana de Dessau unas espectaculares fiestas. Todo gasto era pequeño para divertirse con la excusa del bautismo del heredero. Los herederos permiten soñar, antes y ahora, con un futuro posible, con la posibilidad de que el futuro nos depare esas sorpresas que el ahora se empeña en negarnos. Como toda fiesta de la época, se sucedieron a la salida de las misas los banquetes y los bailes, las mascaradas y las obras de teatro. Todo esfuerzo era pequeño para conseguir que los súbditos esbozaran sonrisas de placer y de satisfacción. Entre las mascaradas, como era ya habitual desde la presencia esporádica de un caballero portugués en las fiestas que en Valladolid se sucedieron en 1605 para celebrar el nacimiento de otro heredero –el futuro rey Felipe IV-, sobresalió en Dessau la que tenía a don Quijote y Sancho Panza como protagonistas, al caballero manchego y su fiel escudero, acompañados por el cura, el barbero, el enano que toca el cuerno, Dulcinea del Toboso o la “linda” Maritornes. En 1614 se publica un libro que da noticias de estas fiestas –el enorme gasto bien valía un poco de propaganda- y al final, apéndice genial, una serie de láminas con las representaciones de todas las mascaradas vistas, disfrutadas y reídas a lo largo de aquellos días llamados a ser inolvidables. Esta es la primera imagen de los personajes cervantinos, imagen que nos transporte a hacer cuatrocientos años, al mundo cortesano y caballeresco que encontró en el “Quijote” una fuente de risas y de carcajadas.
Un caballero andante, cuatrocientos años después, con su armadura completa, su lanza, su imagen entre melancólica y tópica, en especial a partir del genial trazo de Gustave Doré, destaca por un detalle que convierte esta imagen –tan universal, tan habitual- en única: unas blancas y relucientes zapatillas Reebook. No es necesario más eslogan que la imagen del caballero. No son necesarias más palabras. La imagen del mito se ha impuesto en el imaginario universal, más allá de culturas, geografías y tiempos.
En este arco de representaciones de don Quijote, desde las primeras –expuestas por primera vez todas juntas- hasta el uso publicitario de su figura, convertida ya en un mito, deambula la exposición: “Cuatro años de don Quijote por el mundo”, que, financiada por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, se expondrá en Valladolid a partir del próximo 17 de noviembre. Exposición hija del magnífico número monográfico que la revista “Poesía” ha dedicado a las conmemoraciones quijotescas; sin duda, una de esas joyas, de esas escasas joyas que perdurarán entre tantos gritos y ecos como los que nos están ensordeciendo a lo largo de estos meses. Y en ambos proyectos Alcalá de Henares está presente gracias al Centro de Estudios Cervantinos.
Y así, en la exposición de Valladolid, las ilustraciones de Charles Antoine Coypel se multiplicarán en el tapiz francés del siglo XVIII o en la porcelana china; la edición académica de Ibarra de 1780 tendrá su contrapunto en unos azulejos con idénticos motivos y unos desconocidos dibujos de Juan Gris de tema quijotescos muestran cómo no ha habido genio que no haya dejado su impronta en la lectura del mito cervantino. Cine, música, fotografía, estampas, cuadros, tapices, cerámicas, libros y objetos publicitarios marcan las líneas maestros de la exposición; líneas maestras de un mito que se ha convertido en un gigante en estos cuatrocientos años, a partir de un libro, de ese objeto –casi minúsculo en su pobreza- que ocupa el lugar central de la exposición: los ejemplares de las ediciones madrileñas de 1605 y de 1615 del “Quijote” muestran cómo de un “pobre” libro en su apariencia puede nacer un mito, cómo los herederos pueden hacer realidad los sueños de sus progenitores.

Daniel Urrabieta Vierge

Daniel Urrabieta Vierge nació en Madrid en 1851. Su destino estaba fijado por el linaje al que pertenecía: su padre, Vicente Urrabieta, era un conocido dibujante madrileño que triunfaba por aquellos años en la capital de España. Los hermanos de Daniel, Samuel y Lola, siguieron su misma senda, y todos ellos forman parte de una de las familias, de uno de los linajes más activos e interesantes de ilustradores españoles del siglo XIX. Pero Daniel Urrabieta parece querer perseguir nuevos retos y superar imposibles metas: más allá de las adoquinadas y (casi) pueblerinas calles de Madrid, Daniel se traslada a los 18 años a París, a un París rendido a los pies del arte y de los tópicos románticos que hemos ido creando alrededor de Montmartre y del Moulin Rouge. Y de París nunca volverá. En la ciudad del Sena, Daniel abandonará el apellido paterno, esa línea que le ligaba a un linaje madrileño de dibujantes, para reivindicar el materno: más francés, más libre, más solidario, más fraternal. Y así, como Daniel Vierge comenzará una carrera que le llevará a ocupar los más altos podios de las alabanzas y de las admiraciones: se dirá de él que es el príncipe de la ilustración moderna y algunos críticos afirman que su ilustración del “Buscón” de Quevedo, terminada en 1882 pone el punto de partida para la historia del fotograbado…
Trazos gruesos de una biografía en la que se insertan nombres como los de su amigo Víctor Hugo o títulos de revistas míticas, a las que él llevó a la cima de su popularidad, como Le monde illustré… pero de todos ellos me quedo con uno de esos golpes con que el destino prueba a los grandes hombre: antes de cumplir los treinta años, Daniel Vierge sufre una hemiplejía que le deja la mitad derecha de su cuerpo inutilizada. Su genial mano derecha, sus dedos admirados por medio París, yacen ahora muertos encima de la cama. Ahí están pero ya no están ahí, ya no sirven para los que su dueño los ha mimado, para lo que se ha convertido en una obsesión: pintar. Pero Daniel Vierge en vez de volver a Madrid, en vez de refugiarse en los ecos de su éxito parisino –que por aquel entonces es como decir mundial- y en los recuerdos de una vida que pudo haber sido y que ya nunca será, decidió quedarse en París y comenzar una nueva vida: una nueva vida de pintor, adiestrando su otra mano, que le sirvió con la misma destreza, con la misma pasión, con la misma genialidad con que la derecha en sus años anteriores.
Los caminos de Daniel Vierge y el “Quijote” no podían por mucho tiempo estar distanciados. Hacia 1875 realiza unos dibujos para una edición que no llegará a imprimirse completa, y en el otoño de 1896, y a lo largo de un mes y medio, Daniel Vierge recorrió los pasajes manchegos, acompañado de Carlos Vázquez, en busca de esas imágenes que quería rescatar para “su” edición ilustrada, más allá de los avatares editoriales. Pero durante este mes, el pintor no tomó ni un apunte del natural: en quince días en Getafe, antes de volver a París, había llenado tres álbumes con los dibujos que le permitieron años después completar su edición, que se publicó cuando ya el pintor hacia dos años que había muerto: si Cervantes no pudo ver publicado su “Persiles”, al que dedicó sus últimos esfuerzos y ánimos, si Clemencín no fue capaz de sobrevivir a una obra que le llevó a leer todo libro que se le pusiera por delante o José Jiménez Aranda sólo pudo terminar varios centenares de cuadros y miles de dibujos para su edición del “Quijote”, Daniel Vierge tampoco pudo ver impresa sus ilustraciones… ahora en el Cuartel de Conde Duque, en Madrid, uno no puede dejar de emocionarse al ver varios cientos de los dibujos originales de esta edición; uno no puede dejar de imaginarse al pintor viajando por La Mancha, dibujando frenéticamente en Getafe para no perder ningún detalle. Está visto, el Quijote saca lo mejor de cada uno de nosotros. Tanto ayer como hoy.

Quijote, el de La Mancha

Quijote dejó la manguera en el surtidor y se palpó el bolsillo para comprobar si llevaba cambio suficiente. Nunca había utilizado el “don”, aunque por nombre le correspondía, pero bastante tenía con esas letras escritas en la chapa encima de su uniforme como para aventurarse a utilizar su nombre completo: puerta para las bromas más crueles y para las sonrisas más descaradas. Se limpió las manos con un trapo, se palpó de nuevo el bolsillo derecho y miró de reojo a los chicos del Renault cinco blanco, que no dejaban de reír y darse palmadas en la espalda. Quizás no se estaban riendo de él, quizás había pasado desapercibida su placa, con ese “Quijote” en letras mayúsculas y doradas, pero daba lo mismo: desde hacía demasiado tiempo cualquier risa, cualquier sonrisa a su lado le había convertido en diana de bromas y crueldades. Demasiado tiempo viviendo con su nombre para ahora olvidarlo todo de repente; toda una vida huyendo de su nombre para dejarlo así, abandonado en cualquier esquina del olvido.
Este año del centenario estaba siendo especialmente cruel. No sufría tanto desde las aulas del colegio, aquel frío colegio de provincias que abandonó porque no aguataba más las bromas de sus compañeros, los anónimos que siempre encontraba en su pupitre y las pintadas que decoraban siempre algún rincón de las paredes. Quizás hubiera sido un buen estudiante, quizás hubiera podido ser maestro como sus padres, pero lo cierto es que la escuela, desde que se pasaba lista por la mañana, más era una cárcel insufrible, más un espacio de tortura que el lugar donde hacer amigos y acercarse al conocimiento, el lugar desde el que imaginar caminos que luego la vida se empeña en bifurcar.
Vivía Quijote atrapado a su nombre, encadenado a su nombre. En más de una ocasión había decidido cambiárselo, buscar algún que otro nombre anónimo, vulgar, como Manuel, José, Pedro o Juan, que disfrazara de normalidad el resto de su vida. Pero entonces siempre recordaba cómo se le iluminaban a su madre los ojos cada vez que le llamaba por su nombre, ese nombre que paladeaba con el mismo gusto con que un caramelo se deshace en la boca de un niño. Su nombre, ese “don Quijote” que le encadenaba al pasado de risas contenidas y de carcajadas estridentes, era lo único que su madre conservaba del ayer, lo único que le parecía que le devolvía la vida del pasado y de los recuerdos cuando iba a visitarla cada sábado al hospital.
“Por algo me he de llamar así”, se decía siempre Quijote, como un medio de acallar su rabia, su veneno interior cada vez que una risa explotaba en su cara. Pero ese algo hasta entonces no lo había encontrado. Una mañana, una mañana de tantas otras, sin más personalidad que la de un número en el descolorido calendario, una furgoneta de reparto se paró en su gasolinera. Una joven, hermosa, como nunca antes Quijote había visto ninguna, con la mirada triste y huidiza, abrió la puerta y se bajó silenciosa, huidiza, al tiempo que le entregaba las llaves y le decía: “Lleno, por favor”. Quijote sonrió. Sonrió como nunca antes lo había hecho en toda su vida cuando leyó en su placa por encima del uniforme, en letras grandes y doradas, su nombre: “Dulcinea del Toboso”.

Wednesday, November 02, 2005

Quijote, el de La Mancha

Quijote dejó la manguera en el surtidor y se palpó el bolsillo para comprobar si llevaba cambio suficiente. Nunca había utilizado el “don”, aunque por nombre le correspondía, pero bastante tenía con esas letras escritas en la chapa encima de su uniforme como para aventurarse a utilizar su nombre completo: puerta para las bromas más crueles y para las sonrisas más descaradas. Se limpió las manos con un trapo, se palpó de nuevo el bolsillo derecho y miró de reojo a los chicos del Renault cinco blanco, que no dejaban de reír y darse palmadas en la espalda. Quizás no se estaban riendo de él, quizás había pasado desapercibida su placa, con ese “Quijote” en letras mayúsculas y doradas, pero daba lo mismo: desde hacía demasiado tiempo cualquier risa, cualquier sonrisa a su lado le había convertido en diana de bromas y crueldades. Demasiado tiempo viviendo con su nombre para ahora olvidarlo todo de repente; toda una vida huyendo de su nombre para dejarlo así, abandonado en cualquier esquina del olvido.
Este año del centenario estaba siendo especialmente cruel. No sufría tanto desde las aulas del colegio, aquel frío colegio de provincias que abandonó porque no aguataba más las bromas de sus compañeros, los anónimos que siempre encontraba en su pupitre y las pintadas que decoraban siempre algún rincón de las paredes. Quizás hubiera sido un buen estudiante, quizás hubiera podido ser maestro como sus padres, pero lo cierto es que la escuela, desde que se pasaba lista por la mañana, más era una cárcel insufrible, más un espacio de tortura que el lugar donde hacer amigos y acercarse al conocimiento, el lugar desde el que imaginar caminos que luego la vida se empeña en bifurcar.
Vivía Quijote atrapado a su nombre, encadenado a su nombre. En más de una ocasión había decidido cambiárselo, buscar algún que otro nombre anónimo, vulgar, como Manuel, José, Pedro o Juan, que disfrazara de normalidad el resto de su vida. Pero entonces siempre recordaba cómo se le iluminaban a su madre los ojos cada vez que le llamaba por su nombre, ese nombre que paladeaba con el mismo gusto con que un caramelo se deshace en la boca de un niño. Su nombre, ese “don Quijote” que le encadenaba al pasado de risas contenidas y de carcajadas estridentes, era lo único que su madre conservaba del ayer, lo único que le parecía que le devolvía la vida del pasado y de los recuerdos cuando iba a visitarla cada sábado al hospital.
“Por algo me he de llamar así”, se decía siempre Quijote, como un medio de acallar su rabia, su veneno interior cada vez que una risa explotaba en su cara. Pero ese algo hasta entonces no lo había encontrado. Una mañana, una mañana de tantas otras, sin más personalidad que la de un número en el descolorido calendario, una furgoneta de reparto se paró en su gasolinera. Una joven, hermosa, como nunca antes Quijote había visto ninguna, con la mirada triste y huidiza, abrió la puerta y se bajó silenciosa, huidiza, al tiempo que le entregaba las llaves y le decía: “Lleno, por favor”. Quijote sonrió. Sonrió como nunca antes lo había hecho en toda su vida cuando leyó en su placa por encima del uniforme, en letras grandes y doradas, su nombre: “Dulcinea del Toboso”.

Enrique Herreros

Enrique Herreros fue uno de los dibujantes más asiduos, mordaces y carismáticos de “La Codorniz”, de esa revista que llenó de risas –y de irónicas carcajadas- una España gris, en blanco y negro y mordazas en los ojos y en los corazones. Es la época de los “lugares propios para el amor” de Ángel González, o, al menos, así me gusta evocar este pasado que no es mío, pero que al leerlo o al escucharlo en las crónicas de quienes sí lo vivieron, se me hace presente como un fantasma, con sus años y su dentadura postiza, su buena colonia y la gabardina preparada cuando caen las primera gotas de lluvia.
Hace ya unos años, paseando por la bulliciosa Buenos Aires, la que todavía creía que no podía ser acorralada por sus políticos, dejándome perder por sus librerías de viejo, todo historia, polvo y amabilidad –siempre con ese acento porteño que tiende hacia la soberbia- me encontré entre sus estantes dedicados a la literatura española con una curiosa edición del “Quijote”. Edición voluminosa, de gran formato y mayor peso, con que la Junta Interminiesterial, creada por decreto del 26 de septiembre de 1963, conmemoraba el “XXVI Aniversario de la Paz Española”, con esa grandilocuencia que sólo habíamos oído en los textos romanos. Pero no me atrajo este hecho fetichista, sino una curiosa imagen de don Quijote en su cubierta: allí, don Quijote, jinete sobre Rocinante, mira triste y abatido cómo Sancho le enseña el galgo que acaban de ver a la entrada de su “lugar”, en el momento en que están a punto de volver a su hogar, con todos los malos augurios que esta aparición traía. No era un Quijote victorioso, ni en paz el que se había destacado en la portada.
Este fue el primer Herreros quijotesco que conocí, Herreros que me acompañó en las terminales de los aeropuertos de Buenos Aires, de Rio de Janeiro y de Sao Paulo, en los que cargué con él en la mano (para así evitar el exceso de equipaje), son sin cierta sorpresa de las azafatas que no podían creerse que presentara tal volumen con una sonrisa como mi lectura de mano.
Pero este no es el único Herreros quijotesco que existe, aunque por muchos años sólo sus familiares y amigos hayan podido disfrutar de las otras miradas del curioso dibujante sobre la genial obra de Cervantes. Un Herreros negro o expresionista vio la luz hace pocos años en una edición del “Quijote” publicada por Edad (1999), con prólogo de Umbral. ¡Qué Quijote tan lleno de sombras y de ahogada oscuridad! La línea ha dejado lugar a un pincel que parece querer alzarse por encima de las figuras. Más que mostrar, se intuye en el “Quijote” de Herreros una mirada triste y desconsolada, que no tiene fe en la llegada de nuevos tiempo. Un “Quijote” nacido en 100 dibujos que llevan la fecha de 1966.
Pero hay que esperar un poco de tiempo para la llegada de un nuevo Herreros: el “Quijote” cubista, en 53 dibujos, fechados por estos mismos años (1965 y 1967), que la misma editorial Edad publicara en 2002; un “Quijote” que vuelve a recuperar el color y las formas, pero ahora a través de una mirada que se rompe y se proyecta sobre el papel.
Estos tres Quijotes originales de Enrique Herreros, los originales de estos tres Quijote de Herreros pueden ahora apreciarse, degustarse y disfrutarse en la exposición que el Museo Municipal de Arte Contemporáneo de Madrid ha organizado en su sede del Cuartel de Conde-Duque: dos salas con una selección de los dibujos permiten volver a ver con otros ojos, con tres nuevas miradas, un Quijote que se fue creando en la década de los sesenta. ¡Larga vida a la mirada de Herreros que nos devuelve un “Quijote” que, siendo trino, no deja de ser una sola sorprender visión de un genio sobre la obra de otro genio, como lo es el alcalaíno Miguel de Cervantes!

La prensa

A mediados del siglo XV, en la ciudad alemana de Maguncia algo se estaba fraguando. En el taller de Johan Gutenberg, bajo la atenta mirada de sus socios, Fust y Schöffer, estaba a punto de consumarse un gesto, un simple y sencillo gesto que terminaría por cambiar el mundo: la impresión del primer pliego de la “Biblia de 42 líneas”, la primera obra de cierta envergadura que se hacía mediante una nueva: la imprenta, la que utiliza la prensa y los tipos móviles. Los tres socios y por entonces amigos, tomaron ese primer pliego entre sus manos, ese primer pliego todavía sudoroso, y lo miraron sin dejar de sonreír. Sonrisa que se fue abriendo hasta convertirse en carcajada cuando Fust recibió en sus manos el tesoro: gracias a esta nueva tecnología podrían multiplicar los ejemplares que se pondrían a la venta y del pobre papel, nacido de los trapos de lino que nadie quería, se obtendrían productos por todos solicitados y admirados.
Han pasado ya varios siglos de este primer gesto y lo que en aquel entonces era una nueva tecnología que terminaría por conquistar Europa en sólo unos años, ahora sólo encuentra un hueco en los museos dedicados a la imprenta, a la Reforma protestante o a los oficios ya olvidados del pasado. Pero historia que es necesario no olvidar, como tantas otras enseñanzas del pasado: ¿Cómo leer los textos escritos desde mediados del siglo XV hasta principios del siglo XX, arco temporal en que la imprenta manual constituye el modo habitual de transmisión, si no conocemos los modos de trabajo, las dificultades técnicas a los que los operarios de la imprenta tenían que hacer frente y las respuestas tecnológicas que día a día se iban dando para perfeccionar el arte de imprimir?
Estamos durante este año celebrando el cumpleaños de un libro, de un texto transmitido mediante el libro, impreso siguiendo los modos de trabajo de la imprenta manual, cuyos componentes y características son casi idénticos a los que ideara Gutenberg y sus socios a mediados del siglo XV en Alemania. Un libro, el Quijote, en que se dieron cita un librero (Francisco de Robles), un taller de impresión (el regentado por Juan de la Cuesta) y varios cajistas, correctores, tiradores y batidores cuyos nombres permanecerán para siempre en el anonimato. El Quijote se ha convertido en un mito universal, de eso no hay ninguna duda, pero lo ha sido nacido como libro impreso en la imprenta manual.
Y para rescatar esta cara del libro he organizado con la Imprenta Artesanal del Ayuntamiento de Madrid, una de las pocas que siguen siendo activas en sus dependencias del Conde-Duque, una exposición “Aquí se imprimen libros”, que se inaugura el próximo 20 de octubre en el Museo de San Isidro.
Allí, en el lugar que en un taller de la época tendrían, destaca una magnífica prensa, como la de 1605 de Juan de la Cuesta, que ha sido realizada por el ebanista Bernardo López bajo la dirección técnica de José Bonifacio Bermejo. Una prensa que funciona con ese mismo gesto, sentido, que permite multiplicar la letra en el papel. Igual que el de Gutenberg a mediados del siglo XV; igual que el de Juan de la Cuesta en 1605, cuando da a conocer la primera edición del Quijote.

Thursday, October 06, 2005

Jean Canavaggio

La Universidad de Alcalá fue durante muchos años –y no sé si todavía lo sigue siendo- la única Universidad española que en su plan de estudios tenía como asignatura obligatoria “Cervantes y su época”. Yo tuve la suerte de poder cursarla bajo la sabia batuta de Mª Cruz García de Enterría. Y en estas clases escuché por primera vez el nombre de Jean Canavaggio, siempre acompañado de adjetivos de admiración y de respeto. Su “Cervantes” se convirtió en nuestro libro de cabecera, y en él encontramos respuestas a las dudas y preguntas que en nuestras mentes de estudiantes no dejaban de nacer, crecer y reproducirse. Desde aquel entonces, Canavaggio se ha quedado como marca de rigor y de autoridad.
Cuando comencé a trabajar en el Centro de Estudios Cervantinos, uno de mis primeros encargos fue la edición de un libro que llevaba dos años preparándose, pero que, por mil avatares, se seguía sin publicar. El libro era una recopilación, traducción y revisión de trabajos de uno de los cervantistas más prestigiosos y autorizados del siglo XX: Jean Canavaggio. Así tuve la oportunidad de conocerle personalmente, mientras era director de la Casa de Velásquez en Madrid. Aún recuerdo mi emoción cuando se abrió la puerta de su despacho y en su marco se dibujó la silueta de un caballero de los del Siglo de Oro: delgado, alto y con un gesto amistoso en su mano que se multiplicaba en su siempre generosa sonrisa. Entré en su despacho, hablamos un poco de su libro, de los cambios que quería introducir, de algunas erratas que había que corregir y de una nueva ilustración en la portada… y luego hablamos mucho de literatura, de Cervantes, de libros de caballerías y de proyectos de futuro. Pues si algo sorprende en Jean Canavaggio cuando se le conoce es su inagotable pasión por todo lo que le rodea. El libro salió a los pocos meses, y “Cervantes, entre vida y creación” que se ha convertido en uno de los textos más vendidos de los publicados por el Centro de Estudios Cervantinos.
En estos años, han sido varias las ocasiones en que nos hemos visto y en las que he podido recuperar ese gusto por la charla y por el diálogo de Canavaggio, en ocasiones delante de un menú universitario en su universidad, Paris X-Nanterre. Durante este año, siempre a lomos del “Quijote”, en Madrid, Valladolid, Ginebra hemos compartido mesas de conferencias y coloquios cervantinos, y en todas la ocasiones siempre he vuelto a sentir la misma sensación que me inundó cuando era estudiante en Alcalá de la asignatura “Cervantes y su tiempo”: es un sabio, un verdadero maestro. Uno siempre termina aprendiendo algo después de haber compartido unos minutos con él.
¡Enhorabuena, Jean, por este premio que te entrega la ciudad de Alcalá, en reconocimiento a tantas páginas tuyas loando la que fue cuna de Cervantes! ¡Enhorabuena, una vez más! ¡Y bienvenido a tu ciudad!

www.qbi2005.com

¿Quién hubiera soñado hace tan solo unos años que era posible contar con un proyecto que recogiera todas las ilustraciones, las miles de ilustraciones que han puesto cara, gestos, paisajes y costumbres a los héroes que un día soñó Miguel de Cervantes en forma de letras y de palabras? ¿Quién hubiera pensado que no sólo era posible almacenar estos tesoros sino también etiquetarlos, indexarlos para poder hacer uso de diferentes herramientas de búsqueda para así poder dar respuesta a cualquier tipo de inquietud, y todo ellos en la escalofriante velocidad de los segundos? Antes de la era digital, antes de las tecnologías informáticas, una empresa de esta naturaleza estaba llamada al fracaso. Pero hoy no. Hoy sucede todo lo contrario.
De 1879 se data la primera colección de imágenes de las imágenes del Quijote. Apareció en un hermoso volumen, de mano quijotesca de Fabregat, acompañando los dos tomos que terminado por hacer historia en la Barcelona de aquellos años: la primera edición facsímil de un libro impreso en el mundo fue la del Quijote, impulsada por Fabregat a partir de una nueva tecnología que estaba haciendo furor por aquellos años, que no es otra que la fotografía. Tecnología que ha terminado por cambiar nuestra visión del mundo, domar la retina de nuestros antepasados, que aún habían de sorprenderse con miradas tan inquietantes como la del cubismo. ¿Pasará lo mismo con las tecnologías digitales, que hemos visto nacer y desplegarse en estos últimos años, pero cuyas posibilidades futuras no somos ni capaces de soñar?
No lo sé. Sinceramente, no lo sé, y tampoco me preocupa: ¡es tan fascinante el presente como para preocuparse por el futuro! Gracias a la tecnología digital y a la informática, hoy podemos presentar un proyecto que hace más actual el pasado quijotesco.
El Banco de imágenes del Quijote: 1606-1905 ha comenzado a caminar con (casi) cuatro mil imágenes de estampas quijotescas en sus tres primeros siglos de difusión. Estampas catalogadas que permiten todo tipo de búsquedas y de acercamientos. Desde las más científicas y académicas a las más lúdicas. ¿Cuántas veces y de qué modo se ha ilustrado ese episodio que tanto nos conmueve? ¿Con qué expresión, con qué vestido se ha imaginado a Dulcinea del Toboso en estos tres siglos? ¿Hay diferencias en la representación de las aventuras quijotescas en Francia y en Alemania? ¿Cuándo se comenzó a ilustrar el Quijote en España?...
Miles y miles de preguntas que ahora tienen una única respuesta: el Banco de imágenes del Quijote: 1605-1905, con el que del Centro de Estudios Cervantinos sigue celebrando el IV Centenario del Quijote.

Azul

Azul se encuentra a trescientos kilómetros de Buenos Aires, en el corazón de la Pampa húmeda. Desde Azul, desde esta ciudad que parece haberse escapado de un libro de Rubén Darío, el general Rosas comenzó a mediados del siglo XIX la Campaña del Sur, la que convirtió a Argentina durante un siglo en uno de los países más ricos del mundo al conquistar toda la Pampa, ese continente que no conoce otra frontera que el horizonte. Las estancias de la Pampa se extienden por su imposible geografía salpicando sus campos de horizontalidad: miles de hectáreas que en nuestras divididas tierras europeas llevarían nombres de provincias, e incluso de países. Argentina es un continente que toca con un pie las frías aguas del Antártico y con su cabeza las altas cumbres de los Andes.
En Azul se encuentra la biblioteca cervantina privada más importante de toda América. Desde principios del siglo XX, el doctor Bartolomé Ronco dedicó parte de su hacienda (casi las tres cuartas partes) en comprar libros. Sólo dos títulos que llenaos de joyas las estanterías de su biblioteca: el “Quijote” de Miguel de Cervantes y el “Martín Fierro” de José Hernández; dos héroes cara a cara, dos héroes que se miran y se retan desde sus reinos de papel más allá de cualquier geografía, de cualquier tiempo. Biblioteca espectacular, sorprendente, mágica por sus títulos y por sus caprichos: ahí está el magnífico ejemplar del “Martín Fierro”, edición sólo para bibliófilos con las firmas de Jorge Luis Borges, Rafael Alberti y de tantos otros escritores que llenan los libros de historia.
En 1932 el Dr. Bartolomé Rondo expuso por primera vez su espléndida colección de Quijotes en el Teatro Español, en el centro y corazón de Azul; colección que siguió creciendo con los años y que su viuda donó, con su casa y con sus pertenencias, a la Biblioteca Popular en los años ochenta a la Biblioteca Popular de Azul; colección que ha vuelto a resucitar en estos años de celebraciones quijotescas (al final, alguna cosa buena quedará de tanto ruido y de pocas nueces), colección que ha colocado a Azul como la ciudad cervantina de Argentina (como Guanajuato lo es de México). El año pasado por el mes de noviembre se inauguró la segunda exposición cervantina en Azul, en el remodelado y magnífico Teatro Español. Los ejemplares cervantinos de Bartolomé Ronco, que abarcan desde ediciones del siglo XVII hasta el XX, volvieron a brillar con luz propia, junto a piezas de artesanía de Talavera de la Reina, a cuchillos y botellas, postales y recortes de tema quijotesco. Y desde ese momento, la fama cervantina de Azul no ha dejado de crecer y sus libros han invadido el corazón de miles de lectores por toda Argentina: en Rosario, en el Congreso de la Lengua, inaugurado por sus Majestades los Reyes, en Buenos Aires, en la Feria del libro y en la Universidad, en la ciudad de Tandil…
Con su colección cervantina, con su magnífica exposición –y magnífico catálogo- en el Teatro Español, de la que se hizo eco desde el Diario Clarín a la Revista de Aerolíneas Argentinas, Azul se ha convertido en la ciudad cervantina de Argentina, espejo en el Sur de América de su hermana mexicana de Guanajuato, ciudad hermana de nuestra cervantina Alcalá de Henares. ¡Qué hermoso homenaje del Quijote el de conseguir enlazar desde Alcalá a todas las ciudades cervantinas de todo el mundo!

Coleccionismo

Hay ciertas cosas que no cambian cuando uno vuelve de vacaciones. Siempre ha sido así y así tiene que seguir siendo. Las vacaciones se llenan de ritos y de ritos se alimentan también estos días, estas semanas, este sorprendido mes de septiembre que ha convertido los despertadores en uno de los artefactos de tortura más sofisticados que conozco. Volvemos de las vacaciones con las maletas llenas de tópicos, buenas intenciones, alguna que otra meta y mucha ropa sucia. Que si nos hemos cargado las pilas para aguantar de un tirón este seco otoño, seco en lluvias y en fiestas; que como en casa en ninguna parte; que no vuelvo más a irme en agosto de vacaciones, como lo bien que se están en la ciudad cuando todo el mundo se va y nos deja solos… y más y más lugares comunes que, a medida que los días van pasando, no nos los creemos ni nosotros, por más que ensayemos gestos sinceros y sonrisas cargadas de conformismo delante del espejo todas la mañanas.
Pero si hay algo que marca el final de las vacaciones y la vuelta a la rutina, son las cientos de colecciones que inundan los quioscos y nos llaman, como nuevas sirenas, desde los anuncios de televisión, de prensa o radio. Y son siempre las mismas colecciones, por más que todas destaquen la novedad, el hecho de ser una oportunidad única que no debemos dejar pasar: que si quiero aprender inglés, francés o alemán, los cursos de Planeta-Agostini; que si deseo detener el tiempo, los relojes de Ediciones el Prado; que si no tengo vajillas, ahora me traen a mi mesa unos platos italianos… sin olvidar la colección de dibujos animados que llenaron nuestra niñez de ridículas (y recordadas) canciones, como son las de Heidi o Marco, acompañados ahora de figurillas que permiten recrear en tu salón un pedacito de los Alpes o el itinerario imposible de los Apeninos a los Andes; sin olvidar los fascículos que permiten construir en cómodos plazos semanales de euros y paciencia un castillo medieval o un coche de carreras… o la sala de la discoteca en que Belén Esteban se declaró a su último novio, que para todos hay un hueco en los quioscos, que parecen no tener límites… libros, discos, dvds parecen invadirlo todo con sus reclamos publicitarios… y eso que no hablamos de los periódicos, que parecen haberse empeñado en hacerle competencia a “La Razón” para regalar con el periódico los artículos más absurdos e inverosímiles.Y vuelvo de vacaciones y me paso varios minutos asombrado ante los imposibles límites de la imaginación humana, ante los disparates humanos convertidos en anuncios, dentro de la Librería Cervantes, buscando a Javier detrás de tantas ofertas, de tantos fascículos y promociones, que nos devuelven la necesidad de tener compromisos y dependencias semanales… y de pronto me doy cuenta que aún queda un espacio para la esperanza: ¡No hay ninguna novedad semanal que se venda a lomos de don Quijote y Sancho Panza, patrocinada por cualquier empresa de compresas o de productos lácteos…!

Monday, September 05, 2005

A por las vacaciones

Ya ha llegado el momento de poner un paréntesis en estas citas semanales, momento de ese cerrar las ventanas, coger la maleta y comprobar, una y otra vez, que llevamos billete, pasaporte y dinero camino del aeropuerto. Ha llegado el momento de abandonar los calores de este Alcalá que bien parece un infierno para buscar la brisa invernal de Argentina, de ese norte de Argentina que me espera a golpe de avión y de citas organizadas.
Es también el momento para volver la vista atrás y hacer balance de estos meses de compañía semanal y de entreabrir lo que el resto de los meses nos depara; pero sólo entreabrir, que las vacaciones bien vale que se disfruten con una sonrisa. Hemos superado ya el ecuador de las celebraciones quijotescas, y a decir verdad, lo hemos hecho con más pena que gloria. El caos se ha adueñado de los responsables políticos y la fiebre de la celebración ha hecho saltar los termómetros del sentido común. Las promesas electorales de Zapatero de convertir el “Quijote” y su centenario en motor de la cultura española, se han quedado en eso, en meras promesas, y ahí está la Sociedad Estatal presidida por José Manuel Blecua para certificar su muerte; Castilla-La Mancha sigue en su triunfal desfile para conseguir fondos y multiplicar sus actos, mientras que Alcalá de Henares bien puede mirar con esperanza el futuro, ya que ha sabido convertirse en la capital de las celebraciones quijotescas en Madrid, lo que no es poco. Ahora despende de todos nosotros que esta semilla de visitantes y de promoción siga creciendo en los próximos años.
Pero aún la historia de las celebraciones del IV Centenario del Quijote está por escribirse: a pesar de las decenas de exposiciones organizadas, a pesar de los montajes teatrales, más o menos originales, que hemos visto, a pesar de las mil conferencias, congresos, mesas redondas, seminarios y cursos de verano que se han multiplicado dentro y fuera de España; a pesar, en fin, de cierto cansancio de los medios de comunicación, que han agotado sus números monográficos y programas especiales, el IV Centenario del Quijote todavía nos reserva sus mejores galas y sus actos más costosos –los más absurdos, sin duda.
Nos espera un otoño y un invierno calentitos, con mil actos quijotescos que acabarán con nuestra paciencia: el Prado, el Conde Duque, el Reina Sofía… se llenarán de colores y de objetos cotidianos de la época de Cervantes, sin olvidar ese millón de euros que Boadella ha cobrado por su montaje quijotesco… Si los políticos no lo pretendían, con tanta descoordinación en el centenario, han conseguido lo que mucho temíamos: que el “Quijote” termine por aburrir, por cansar y resultar odioso… menos mal que siempre nos queda el texto del “Quijote”, en tantas ediciones –antes y después de las estrategias comerciales de hoy en día-, en versiones infantiles, juveniles o en antologías. No importa. Siempre nos queda el texto genial de Cervantes para reconciliarlos con el Quijote. Leer el Quijote, leerlo a ratos, completo, en orden o con un pulso caótico… no importa, leer el Quijote como el mejor antídoto para tantas locuras como estamos pagando con nuestros impuestos durante este año… y ¡que Rocinante nos encuentre confesados a la vuelta de las vacaciones!

Tesoros de Alcalá

En 1995, mientras se hacían obras en el sobrao de una antigua casa del pueblo extremeño de Barcarrota saltó la noticia y la sorpresa: en un muro falso, ajeno al paso de los años, se descubrió una peculiar biblioteca del siglo XVI, que conservaba textos manuscritos y ejemplares impresos hasta entonces no conocidos: un ejemplar de la edición del “Lazarillo de Tormes” de 1554 impresa en Medina del Campo, una versión portuguesa de la “Oración de la emparedada”, el manuscrito erótico de “La Cazzaria” de Antonio Vignali, las “Dilutaciones de Patricio Tricasso a la Quiromancia de Cocles”, y la “Confusión o confutación de la secta Mahomética” de Juan Andrés. Su antiguo propietario, seguramente temeroso de los aires pocos propicios a las corrientes espirituales cercanas al erasmismo a mediados del siglo XVI, escondió estos peligrosos textos en su casa. Otros muchos desaparecieron, sin duda, en los fuegos de las chimeneas. Es una historia de siempre y sigue siendo una historia de ahora… los fanatismos no saben ni de geografías ni de cronologías, lamentablemente. El pueblo de Barcarrota, conocido hasta entonces por su curiosa artesanía, ahora lo es también por los libros, libros que compró la Junta de Extremadura, y de los que ahora contamos con facsímiles accesibles para todos.
Alcalá de Henares, conocida y famosa por tantas cosas, ahora lo será más por contar entre los muros de sus casas –y no necesariamente los sobraos- con algunas de las colecciones quijotescas más importantes, completas y curiosas de las que se han conservado por siglos a lo largo y ancho de todo el mundo. Al Quijote le ha sucedido lo contrario que a tantas obras de nuestra cultura –tan española, tan universal: nunca ha dejado de interesar, nunca ha dejado de imprimirse y nunca ha dejado de adquirirse. En un principio, interesó por ser un libro de risas, de entretenimiento, por ser capaz de rescatar una sonrisa a los protagonistas de tantas crisis como las que se vivieron en España –y en el resto de Europa- a partir del siglo XVII; y luego, el libro fue adaptándose a nuevos ámbitos de recepción, a nuevos lectores y a insospechados intereses, que le han convertido en el libro más impreso, más ilustrado, más utilizado de todos los que forman parte de nuestro patrimonio cultural occidental. La exposición “Cervantes y su obra en las colecciones de Alcalá”, que con tan buen tino ha sabido montar Asela Sanz Herranz, es una buena muestra de ello: el Quijote en libro, el Quijote en ejemplares magníficos como el de la primera edición ilustrada en España (Madrid, 1674) o la primera edición de Doré (París, 1863), poco a poco va dejando paso al Quijote mito, a ese mito que llena de trazos y colores cuadros y estampas, que parece sonreír en vitolas, cajas de distinto uso o en cromos, sellos y demás curiosidades que, con gusto y acierto, pueden verse en la Capilla del Oídor. Y las paredes de las colecciones alcalaínas se han llenado de luces para que, gracias a la generosidad de sus propietarios, todos los alcalaínos –y los que vengas de fuera- los podamos disfrutar, sabiendo que es patrimonio de todos y que Alcalá de Henares en ese “todos” tiene mucho que decir, mucho que disfrutar.
La Junta de Castilla-La Mancha lleva moviendo por su Comunidad una exposición del Quijote más popular, más efímero… ¿para cuándo una exposición de la excelente colección de Vicente Sánchez Moltó, que es conocida y solicitada por todo el mundo, y que en la exposición de “Cervantes y su obra” nos deja con la miel en los labios? ¡Qué fascinante este viaje del Quijote que deja los límites de las páginas impresas para convertirse en publicidad, en coleccionismo, en vida cotidiana!

Albarracín y el Quijote

Albarracín tiene algo de sueño, algo de promesa cumplida, algo de empresa imposible… y así el Quijote y los libros de caballerías le van como anillo al dedo. Albarracín, a treinta kilómetros de un Teruel que día a día se engalana para demostrar que también existe, ha crecido bajo la sombra de un castillo, que todo lo domina, todo lo vigila y controla desde una de las colinas de los Montes Universales; Albarracín se ha ido poblando siguiendo los meandros del Guadalaviar, que llena de curvas una silueta, más allá de las cuestas que terminan por robar el aliento al turista más entrenado. En Albarracín, el yeso pinta de rosa los horizontes y las casas intentan descubrir los límites de la verticalidad, que va desde las tiendas de la calle a los miradores del último piso. Albarracín ha construido un futuro a base de conservar las piedras del pasado, las piedras, pinturas, esculturas, frescos, muebles y ropas que los obispos dejaron en la ciudad cuando la abandonaron a su suerte en el siglo XIX. Albarracín puede mirar ahora con una sonrisa el futuro porque por muchos años se quedó anclada en el pasado. Triste paradoja que ha llenado de pueblos fantasmas nuestra geografía.
Hace unos años, desde 1996, funciona en Albarracín la Fundación Santa María. En el siglo XII, Pedro Ruiz de Azagra, señor de Albarracín, jura vasallaje a Santa María y así coloca sus territorios al margen de los dos grandes reinos con los que compartía fronteras: el reino de Castilla y el de Aragón; junto al obispo de Toledo, frena los deseos del obispado de Zaragoza de extenderse por estos territorios. Ruiz de Azagra rompe los límites del feudalismo y convierte Albarracín en un señorío singular durante toda la Edad Media.
La Fundación Santa María de Albarracín parece seguir los pasos de esta singularidad: ha rehabilitado edificios, ha recuperado la memoria y le ha regalado a la ciudad el sueño del futuro. Albarracín, además del turismo de fines de semana, se llena todos los años de exposiciones, conciertos y conferencias. De mano siempre amistosa y genial de Juan Manuel Cacho Blecua, varias decenas de expertos sobre libros de caballerías nos hemos reunido en Albarracín para analizar la relación de este género literario con el Quijote, para mostrar la necesidad de rescatar aquellos para poder comprender y conocer un poco más éste, un poco mejor cómo fue ideado, pensado y leído el Quijote en sus primeros años de éxito. Profesores de varias universidades españolas, alemanas y norteamericanas, compartiendo tres días caballerescos y quijotescos en Albarracín. Las paredes del palacio del obispo, sede de la Fundación, creían recordar otros tiempos, esas edades doradas en que los valores caballerescos marcaban el ritmo de la sociedad. Allí, mientras hablábamos de Amadís de Gaula, de Amadís de Grecia, de Clarián de Landanís o del Florisando, sin olvidar las fiestas celebradas en toda España para celebrar la beatificación de Santa Teresa o la defensa del inmaculismo de Santa María, creíamos también nosotros escuchar el recuerdo de los cascos de los caballos por las calles de Albarracín.
Albarracín bien vale una escapada, bien vale una visita que nos devuelve lo mejor de nosotros mismos, al ser capaces de mirar el futuro con mirada clara al no olvidar nunca el pasado, a tenerlo siempre presente.

Las ventas de Navia

José Manuel Navia ha conseguido lo que parecía un imposible: un libro de fotos sobre la Macha, sobre los territorios de Don Quijote, sin caer ni en el tópico ni en la guía turística. Una mirada personal –la de un cíclope manual que le ha hecho famosos en el mundo de la fotografía- y al tiempo una mirada en la que todos pudiéramos reconocernos, en la que pudiéramos reconocer al “Quijote”, al mito, al personaje, al libro.
Cuando la editorial Lunwerg en colaboración con el Centro de Estudios Cervantinos publicó su libro de fotos, nos alumbró la Navidad más allá de los escaparates de los lugares comunes y de las citas sabrosamente copiadas, como se ha ido repitiendo, una y otra vez, en estos primeros meses de celebración y conmemoración quijotesca. Allí estaban los molinos de viento del campo de Criptaza, pero son otros molinos, ya que son los que vio don Quijote en su segunda salida en busca de aventuras caballerescas: la mirada de Navia, la luz del atardecer buscada con avidez, los vuelve únicos, los vuelve a hace cuatrocientos años, como si, al paso del trote de Rocinante, fuera la primera vez que los hubiéramos visto.
Pero ahora estas fotos, una selección de estas fotos, colgadas en los muros de la Casa de la Entrevista, ganan en detalles y en espectacularidad. Son las mismas fotos de “Territorios del Quijote”, pero son otras fotos. La venta de San Juan de Dios, o de Guadarlezas parece que nos ha preparado una alfombra de piedras para recibirnos, como hace ya algunos siglos parece que también recibiera a Santa Teresa de Jesús. Un paraguas, como olvidado en un rincón, destaca la blancura de las paredes y nos habla de mujeres y de hombres que allí viven, o, más bien, intentan sobrevivir y mantener con ellos el pasado. La Venta de Borondo, al amanecer, parece, y no hay ningún juego literario en ello, un castillo: sus muros se imponen sobre la horizontalidad de la mirada, y parecen decir aquí estoy, junto a un camino real que se ha llenado de pisadas, de historias y de palabras a lo largo de los siglos; camino encharcado, que convierte el agua en espejos de las nubes que parecen querer ser testigos de este paisaje. Y allí está la Venta de la Inés, con Felipe y su hija Carmen. Ahí están las ventas de La Mancha, las de hace un año cuando José Manuel Navia, acompañado por la sabiduría y la amistad de Joaquín González Cuenca, las ventas de hace cuatrocientos años, las que conocieron Don Quijote, Sancho Panza, el cura y el barbero… pero ¿hasta cuándo seguirá sobreviviendo este patrimonio manchego, uno de sus más característicos y propios? Las ventas de La Mancha, las que ha sabido retratar con maestría Navia, muestran la otra cara de estos tiempos: frente a los conciertos multitudinarios (¿alguien nos explicará alguna vez que tienen que ver Leny Kravitz, Elton John, Luciano Pavarotti o Barbara Hendricks con el IV Centenario del Quijote?), a la dotación millonaria de rutas del Quijote, que obligan a los personajes cervantinos a multiplicarse por toda La Mancha, la falta de atención a las ventas reales, a las que existieron en época de Cervantes y las que ahora se han podido recuperar para ofrecerlas un futuro. Algún día nos tendremos que preguntar qué están haciendo las administraciones –nacional, provinciales, municipales- con nuestro dinero para celebrar el IV Centenario y por qué no han sido capaces ni ponerse de acuerdo en algo que, en principio, parece que a todos nos une. Las ventas de Jose Manuel Navia, las que ahora podemos admirar en la Casa de la Entrevista, merecen nuestra defensa. ¡Gracias José Manuel por haberlas destacado del silencio en este año tan poco quijotesco!

Lo que dejé por ti

Parece que la RESAD, la Real Escuela de Arte Dramático, se ha empeñado en devolvernos la fe en el teatro. Ahora que Madrid se llena de espectáculos con la llegada del verano y del espejismo del aire acondicionado, ahora que Madrid parece que quiere dar un respiro a los actores, directores y autores, como quien les saca de las catacumbas; ahora que los festivales se multiplican, y con ellos los tonos de mil acentos y de mil formas de entender el teatro, la RESAD pone fin a su año de clases y los nervios de los actores y directores que tienen que aprobar el último examen hacen temblar el edificio de emociones y de genialidad. Hace unos meses hablé aquí mismo de Presas, de una de esas obras que, por su calidad, ha dado el salto de las aulas de la RESAD a los teatros de Madrid (desde el próximo día 30 de junio en la sala Triángulo), y ahora no puedo dejar tampoco de compartir otro examen, otra obra, otra magnífica experiencia teatral: “Lo que dejé por ti”, disfrutada en una de sus aulas. “Tengo hambre. Busco… no tengo noticias de ti, amor. Tengo sed. Busco… pronto estaremos de nuevo juntos. Tengo miedo. Busco… sé que esto es sólo por un tiempo. Tengo… que sobrevivir! Sí… creo que he encontrado la razón… sobrevivir: esa es la palabra”. Así comienza “Lo que dejé por ti”, una sobrecogedora obra escrita por el alcalaíno Ernesto Filardi, que, poco a poco, está abriéndose camino como uno de los directores y dramaturgos más interesantes en el teatro español (no olviden este nombre, que dará mucho que hablar en los próximos años). Ernesto ha sido capaz de hilvanar una historia sobre la emigración, sobre la humanidad, sobre nosotros mismos a partir de la palabra de cuatro mujeres, de cuatro experiencias, de cuatro vidas que se van desarrollando a medida que los cuatro cubos de la escenografía minimalista se mueven. Uno no puede dejar de mirar sus manos cuando hablan, porque son ellas las que emiten las palabras, mientras que a las bocas les toca ahora disfrutar de la danza, mientras sus cuerpos se van moviendo por la geografía de las miserias humanas con la misma facilidad con que nosotros nos encaminamos al trabajo. Cuatro actrices (Ainhoa Santamaría, Déborah Vukusic, María Herrero y Alicia Calôt) de la mano de un excelente director (José Herrero) convierten “Lo que dejé por ti” en una sinfonía de palabras, de sentimientos, de recuerdos que no te dejan indiferente. Hay algo en la obra que te taladra, hay algo que te despierta; hay mucho en la representación que te devuelve la fe en el teatro: cuatro actrices que se multiplican, que se van superponiendo pieles de otras culturas y de otros sexos; sólo es necesario un sombrero, un gesto, un tic para reconocer a ese personaje que hace un momento te ha hecho llorar y que ahora sonríe enseñándote cómo el corazón es un músculo que también se alimenta de esperanza.
“Lo que dejé por ti”, después de ver algunas de las grandes producciones que llenan las ciudades de carteles publicitarios y de mediocridad, de montajes espectaculares que ahogan la palabra dramática bajo los efectos especiales, le devuelven a uno la fe en el teatro de verdad, el que confía en la palabra (la magnífica palabra escrita por Ernesto Filardi) que se hace realidad gracias a cuatro actrices que han convertido su cuerpo en una emotiva y rompedora visión de la emigración en nuestra sociedad, en esta sociedad que, poco a poco, se va quedando sin palabras, que ya casi ni el 0’7 de autocrítica le queda.

Sunday, June 26, 2005

GINEBRA

Ginebra, la “Roma protestante”, vive arropada por el murmullo calvinista de los silencios no siempre bien interpretados. Hay algo en Ginebra que te acerca al París más mundano; hay algo en Ginebra que te aleja hasta los abismos más aterradores de corazón del hombre, de ese hombre que se niega a sí mismo y que busca en el sufrimiento su única razón de vida. Ginebra es una ciudad tranquila –hasta el hastío-, una ciudad en la que se desea que pase algo, lo que sea… pero es una ciudad con la conciencia tranquila: sabe –y lo sabe desde la llegada de los miles de protestantes franceses que huían de las represiones- que nunca pasa nada, que nunca va a pasar nada.
En Ginebra se ha celebrado durante estos días un simposio internacional sobre el Quijote: “Cervantes y los orígenes de la modernidad europea”, bajo la batuta, siempre experta, de los profesores Carlos Alvar, Jenaro Talens y Henriette Partzsch. Congreso que nos ha reunido a expertos franceses, españoles, italianos y suizos alrededor de la obra del alcalaíno universal… y nunca deja de sorprenderme y fascinarme este hilo conductor: una vez más el milagro del Quijote y de Cervantes se desarrolla ante nuestros ojos, ya que personas de diferentes culturas, geografías y perspectivas de estudio nos concentramos alrededor de un mismo tema –el Quijote- e idéntica obsesión: la comprensión de las bases de la cultura moderna, tal y como hoy la entendemos. Y junto a los grandes maestros –Jean Canavaggio, Augustin Redondo, Evangelina Rodríguez o Florencio Sevilla-, las nuevas generaciones de filólogos y de estudiosos, brillantes en sus ideas y en sus exposiciones: Cristina Castillo, Elisabet Magro o José Julio Martín Romero.
Y de la mano de Cervantes, del autor que nunca pisó sus calles y que en poco podía sentirse atraído por ese espíritu calvinista que todo lo impregna en Ginebra, uno no puede dejar de pensar en Jorge Luis Borges, en ese Borges, de la mano –siempre férrea- de María Kodama, que debía pasear por su calles, tan diferentes, tan alejadas, tan abismalmente contrarias a su Buenos Aires querido. Borges está enterrado en el cementerio de Plainpalais en Ginebra, y más exactamente, su tumba ocupa el número 735, en esas clandestinas matemáticas en que el cementerio ginebrino ha sido convertido. Un mapa a la entrada del cementerio, una lista de apellidos y una ubicación exacta –D6- y la tumba de Borges aparece como por arte de magia ante nuestros pasos reverenciales. Frente a la Recoleta porteña de Buenos Aires, tan cantada y tan admirada por Borges, toda ella cementerio de piedra y de mausoleos en el corazón de la Argentina, el cementerio de Plainpalais de Ginebra sobresale por el verde de sus campos y la frondosidad de sus árboles, ahora habitados por decenas de pájaros. La tumba de Borges en Ginebra, frente al fervor pétreo de la Recoleta, a las estatuas que terminan por confundirse con los turistas o las esquinas de mármol que marcan las líneas maestras de la posición social que cada cual ocupa, se reduce a una piedra con una inscripción y un relieve anglosajón: “And the forthtedon na”, y un nombre acompañado de una fecha: “Jorge Luis Borges. 1899-1986”. Suelo de flores y de verde pasto que limita su pequeña anatomía. Todo en Ginebra termina por estar impregnado por el espíritu calvinista. Hasta la tumba de Jorge Luis Borges.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ

QUIJOTITO

Hace unas semanas, mientras estábamos montando la exposición El Delirio y la Razón: don Quijote por dentro, en la Capilla del Oidor, Lola, la hija de Mario San Juan, nos dejó a todos con la boca abierta. Con el desparpajo y la libertad de sus siete año, paró en seco los comentarios de su padre: “No, papá, este es Alonso Quijano y no don Quijote, no te confundas”. La seguimos, entre asombrados y divertidos, mientras deambulaba entre los objetos que permanecían descolocados a la espera de su lugar definitivo, y a todos les guardaba un comentario y una sonrisa: “¡Mira, este el yelmo de don Quijote! ¡Mira, papá, la venta se convierte en un castillo! ¡Ay, cómo me gustan las marionetas de maese Pedro!”. Sólo se calló al llegar a la Cabeza Encantada. Apretó con fuerza la mano de su padre y le miró de manera cómplice, y entre susurros le dijo: “Me da miedo, papá”. Orgulloso, Mario, nos confesó: “Se sabe mejor el Quijote que yo. Lo leen todas las semanas en el colegio y ha terminado por entusiasmarla”.
Para una generación de niños, al menos durante este año, los nombres de don Quijote, Sancho Panza, Rocinante o Dulcinea del Toboso, no serán sinónimos de aburrimientos y de tediosas explicaciones en el aula. Todo lo contrario. Gracias a las actividades extraescolares, los talleres en clase, las mil y una actividades de mismos, actores y profesores, el Quijote se ha llenado de colores y de risas en manos de los niños. Y a este abanico de sorpresas se han sumado las decenas de versiones del Quijote para niños, algunos mejores que otros, pero todos ellas, espectáculos de colores y de dibujos. Me comentaba no hace mucho tiempo, entre risas cómplices, Rosa Navarro cómo se había convertido la traducción al catalán de su Quijote para niños en el best-seller de la temporada. El Quijote está de moda entre los más pequeños.
Las aventuras de don Quijote y de su escudero Sancho Panza, en el que llevamos trabajando desde hace dos años el Museo Casa Natal de Cervantes y el Centro de Estudios Cervantinos, viene a destacar la mirada de los niños de un libro destinado a los niños. Esta ha sido nuestra propuesta dentro de las cientos de voces (y miles de ecos) que celebran el IV Centenario de la publicación del texto cervantino: un Quijote para niños ilustrado por niños. Cuando le propuse la idea a los (entonces) responsables de la Comunidad de Madrid, nunca pude imaginar la gracia del libro final, la calidad de sus dibujos y la gracia de sus visiones y miradas.
Y al pasar sus hojas, ahora impresas gracias a la eficiente coordinación de Charo Melero y Marina Prieto, uno puede rescatar los esfuerzos de la monitora de los talleres, Pepa Rueda, para acallar tanto griterío, tantas risas, leyendo este nuevo texto del Quijote, adaptación que he realizado junto a Diana Calderón y a Nieves Sánchez Mendieta. Los niños han disfrutado escuchando, leyendo, ilustrando el Quijote. Y esta risa se nota en sus dibujos, en este Quijote que sigue conquistando lectores, que permite pensar que, a pesar de tantos esfuerzos durante este IV Centenario de convertir el Quijote en un texto aburrido, seguirá teniendo nuevos lectores. Gracias a tantos niños que se acercan al Quijote, que lo siguen leyendo con sus miradas libres; gracias a los que se quieran acercar al Museo Casa Natal de Cervantes para comprar su Quijotito.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ

BIOGRAFÍA DE UN LIBRO

Hay algunos lectores –que los hay- de estas disquisiciones quijotescas y semanales que me han preguntado sobre la exposición de la Biblioteca Nacional de Madrid: “Don Quijote. Biografía de un libro”.
Mercedes Dexeus ha organizado la biografía del Quijote desde un único criterio: el cronológico, como si la vida de un libro –como la de cualquier persona- se redujera a unos hitos entresacados en el arco tenso de la existencia; biografía que parece reducirse a un informe burocrático: nació en 1604 y comenzó a dar sus primeros pasos en 1605, para difundirse por Europa en inglés en 1612 y en francés en 1614, hasta hacerse adulto en 1738 en Londres y un caballero envidiable en 1780, en un Madrid académico; caballero que mantiene su vigor y fortaleza después de cuatrocientos años…
Pero la vida de un libro –como la de cualquier persona- es algo más que un hilo entrecortado de cifras; y ahí están, en las salas de exposición de la Biblioteca Nacional en el madrileño Paseo de Recoletos, casi escondidos, los momentos culminantes de la vida del Quijote, como libro y como texto: no dejen de admirar el excelente juego de estampas sueltas que el impresor Jacques Lagniet puso a la venta en el París de 1650 –según el ejemplar de la Bibliothèque Nationale de France-, el primero en idear una empresa similar (de las 38 estampas sólo podrán admirar la portada, pero ya es algo); o esos óleos de Robert Smirke para las cabeceras de su ilustración romántica de 1818, o esos dibujos y bocetos para las estampas de las diversas ediciones del Quijote que lleva a cabo la Real Academia Española desde finales del siglo XVIII.
Después de haber llegado a la tercera sala, y si tienen todavía ánimos para seguir pasando por encima de libros y más libros sólo organizados por el año de publicación, hagan una parada, amplia y admirativa, en el pasillo izquierdo de esta sala: allí, colgadas en la pared, casi de una manera anecdótica y sin darle el realce que merece, nos sorprende el dibujo original de Francisco de Goya, que se conserva en el British Museum de Londres, justo a la litografía del siglo XIX, de los que hemos tenido ocasión de hablar aquí a propósito de la exposición Don Quijote, un mito en papel. Allí, pequeño y genial en la misma proporción, triunfa Goya en este dibujo original, que nada tiene que ver con el que ideara –y nunca se aceptara- para la edición académica de 1780. Joyas que se pierden en el esqueleto frío de los números y la cronología con que se ha organizado la exposición “Don Quijote, biografía de un libro” en la Biblioteca Nacional.
Los fastos del IV Centenario se siguen multiplicando. Y esta exposición puede considerarse uno de sus proyectos más fallidos por no haber sabido sus responsables dar cuerpo a un estupendo título y a explicar al visitante la importancia de las piezas magníficas allí reunidas, que hacen del Quijote lo que es: un libro vivo, más allá del empeño de algunos de acabar con él con exposiciones tan aburridas, tan alejadas del espíritu cervantino, ya que ni entretienen ni enseñan.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ

DON QUIJOTE POR DENTRO

No hay ninguna duda: El Ingenioso Hidalgo don Quixote de la Mancha fue escrito por Cervantes para que sus lectores se murieran de risa. Literalmente. Libro de caballerías de entretenimiento que había hecho del humor su columna vertebral, su arquitectura narrativa. Todo en la primera parte del Quijote, de ese primer texto caballeresco ideado por Cervantes, está para provocarnos una carcajada: desde esa primera “victoria” que condena al niño Andrés a recibir el doble de palos hasta ese “trotillo” entre divertido y atrevido de Rocinante, cuando libre de su montura, huele a las yeguas gallegas en medio el prado, dando lugar a una de las escasas escenas eróticas que dejó traslucir Cervantes en su novela… y ahí están los gritos y exclamaciones del hidalgo Alonso Quijano cuando cree vivir un libro de caballerías recién leído en su biblioteca, donde destacan la Aventura de los molinos de viento, de Clavileño, el Retablo de Maese Pedro, la Cabeza Encantada o esos curiosos y razonables juicios de un Sancho Panza sin juicio, que se cree (y al creérselo, lo es) Gobernador de la Ínsula Barataria.
Ríos de carcajadas, que se entremezclan con sesudos y retóricos discursos y enseñanzas sobre mil asuntos, que van a dar al mar de la muerte del hidalgo Alonso Quijano, que tiene el sobrenombre de “Bueno”, que antes de morir ha renunciado a seguir con el disfraz de don Quijote de la Mancha para que otro autores, como el falso Avellaneda, no se atrevan a disfrazarse de Cervantes después de su propia muerte.
El Quijote se leyó entre carcajadas en 1605, llenando las calles de Madrid y de toda Castilla de sonrisas y de carcajadas. Siempre se recuerda una anécdota que bien resume este momento: el rey Felipe III desde la ventana de su palacio ver cómo un estudiante se muere de risa mientras lee un libro. Vuelto a su consejero, le dice: “O ese estudiante está loco, o está leyendo las aventuras de don Quijote”. En los primeros decenios del siglo XVII, se podían contar con los dedos de una mano las personas que no hubieran leído o escuchado las historias de nuestro caballero andante.
El Quijote, cuatrocientos años después, vuelve a ser uno de los libros de ficción más vendidos… ¿pero se lee ahora con la misma intensidad, con el mismo universal aplauso que en 1605?
Parece ser que no. Poco se lee el Quijote y mucho debemos esforzarnos para que su lectura sea llave para entrar en el mágico universo de la literatura. Estas celebraciones quijotescas del 2005 deberían tener esta doble finalidad: por una lado entretener y enseñar sobre el Quijote, sobre el texto, el mito y sus lecturas, en estos cuatrocientos años; y por otro, convertirlo en bisagra para que los jóvenes (y no tan jóvenes) vuelvan a la lectura, de cualquier libro, de cualquier género, como una parte más de su ocio y de su aprendizaje. En esta doble finalidad deberemos todos involucrarnos para que los fastos del hoy no se conviertan mañana en simples fuegos de artificio. Y con esta pretensión hemos montado desde el Centro de Estudios Cervantinos la exposición El delirio y la razón, don Quijote por dentro, que ahora puede disfrutarse en la Capilla del Oidor: una visita que entretenga, admire y divierta para que se convierta en llave maestra que abra a sus miles de visitantes las puertas de la lectura. El tiempo, ese sabio escultor, será el que nos muestre si hemos dado en la diana.

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"YO NACÍ LIBRE..." O EL DISCURSO DE MARCELA

Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Así de contundente, así de expeditiva, así de discreta se presenta la hermosa pastora Marcela en el capítulo 14 de la primera parte del Quijote. No hay discurso más teatral y más sentido en todo el libro. No hay discurso más autobiográfico. Marcela aparece, sorprendiendo a todos, justo en el momento en que el pastor Ambrosio se dispone a seguir leyendo versos y lamentos de su buen amigo Grisóstomo, que yace tendido sobre unas andas a la espera de su sepultura. Grisóstomo ha muerto de amor, ha muerto por un amor no correspondido. Y por eso, a los ojos de todos, la hermosa Marcela, causa y efecto de este amor, asombra y enfada a un tiempo. Y ella aparece, teatral (subida sobre una peña) con sólo un propósito, el de contar “su” historia, su particular punto de vista: “y así ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos”. Y así la hermosa Marcela habla y habla, y no deja de lanzar verdades a los asombrados espectadores, entre los que se encuentran don Quijote y Sancho. Yo nací libre les suelta a mitad de su parlamento. Y entre el canto a la libertad que entona la hermosa Marcela se van filtrando ecos de la soledad, de esa soledad que ha debido elegir para poder ser libre: “Los árboles d’estas montañas son mi compañía, las claras aguas d’estos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura”. Y más adelante dibujará con dos pinceladas su vida cotidiana: “La conversación honesta de las zagalas d’estas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene”. ¡Qué lejos está Marcela, allí, subida en una peña, de los mundos maravillosos que Grisóstomo y otros pastores le anuncian en sus versos y en sus cartas! Yo nací libre… y para seguir siendo libre Marcela debe vivir en el mundo que se ha inventado, el mundo pastoril más alejado de los cánones del género, ya que en él no existe ni una grieta por donde el Amor pueda colarse. Y así, Marcela es libre por vivir sola en su mundo pastoril; y así Alonso Quijano es libre por vivir, convertido en don Quijote de la Mancha, en su mundo caballeresco; y así Cervantes es libre por vivir en sus libros esa vida que el tiempo y los años le habían arrebatado de manera tan cruel a lo largo de su biografía. Un libro, como el Quijote, le permite a Cervantes ser libre mientras escribe, libre mientras va dejando correr la pluma para regalarnos tesoros como el siguiente: “El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera”.
Yo nací libre. Marcela, don Quijote y Cervantes unidos por una frase, por un discurso. Terminado el parlamento, ese genial parlamento subido en una peña, la hermosa Marcela “volvió las espaldas y se entró en lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba”. Todos quedaron en silencio, todos admirados tanto de su discreción como de su hermosura. Sólo don Quijote es capaz de hablar y lo hará para defender a Marcela, para defenderse a sí mismo y al propio Cervantes: “Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía”. Y así debe ser: no hay mayor tesoro que la libertad.

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MÁS DE SIETE MIL

El pasado 28 de febrero se inauguró en la nueva sala de Santa María la Rica la exposición: Don Quijote, un mito en papel, en la que elegí, ordené y expliqué la relación de 60 joyas bibliográficas que se conservan en cuatro bibliotecas de la Comunidad de Madrid: la Biblioteca Regional Joaquín Leguina, la del Museo Casa Natal de Cervantes, la del Centro de Estudios Cervantinos y la de la Biblioteca Municipal Cardenal Cisneros. Tres de estas bibliotecas están situadas en Alcalá de Henares, lo que convierte nuestra ciudad, sobre todo gracias a los fondos del Museo Casa Natal y del Centro de Estudios Cervantinos, en uno de los centros bibliográficos alrededor del Quijote más importantes y completos de todo el mundo. Es algo conocido por todos, pero que nunca está de más recordar.
Al hilo de la petición del alcalde en el acto de inauguración y el éxito de las visitas, se decidió ampliar la exposición un mes más. El próximo jueves, el 28 de abril se dará fin a una de las actividades con que la Comunidad de Madrid, el Ayuntamiento de Alcalá de Henares y el Centro de Estudios Cervantinos está celebrando el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote. Celebración que está llenando nuestra ciudad de actos, convirtiendo la cuna de Cervantes en una de las capitales de la celebración quijotesca del 2005, le moleste a quien le moleste (¿a quién le debería molestar, se preguntarán? A nadie, en realidad, si no hubiera tantos mediocres y envidiosos). Si el Ministerio de Cultura –y esa comisión fantasma de conmemoración del IV Centenario creada a imagen y semejanza de Francisco Rico, que ha sido capaz de, sin presidirla, hacerla inoperante- está demostrando no estar a la altura de la obra cervantina, no se podrá decir lo mismo ni de la Comunidad de Madrid ni del Ayuntamiento de Alcalá de Henares, que están siendo capaces de dar voz a tantos actos e iniciativas como los que se le han propuesto.
Y ahora, a punto de poner un punto final a una aventura bibliográfica de más de dos meses, no puedo dejar de agradecer tantas muestras de cariño y de felicitación que he recibido durante este tiempo, las sonrisas y las sorpresas de los más de siete mil visitantes que han disfrutado de algunas de las joyas bibliográficas que volverán ahora a los estantes de las bibliotecas. Mil gracias a todos lo que han dedicado algo de su tiempo a pasar por la biografía fascinante de un libro que nació hace cuatrocientos años para seguir acompañándonos, con toda su juventud a cuestas, en nuestros días. La biografía de un libro, como la de cualquier persona, no es sólo una relación –fría y aburrida- de fechas; nunca, una cronología. Y esta ha sido mi propuesta: hacer accesible el Quijote, la biografía del libro Quijote desde una perspectiva divulgativa a partir de 60 joyas bibliográficas. Gracias a los más de siete mil visitantes que se han acercado a la biografía de un libro llamado don Quijote en Santa María la Rica durante estos dos meses.

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PRESAS

Viernes a las seis y media. Última representación de Presas en la sala García Lorca de la RESAD, la escuela oficial de Arte Dramático. Última representación de una obra de dos semanas de vida que culmina cuatro años de clases, de experiencias compartidas, de sueños rotos y de ilusiones que ahora tienen que confirmarse o perderse en el limbo de los “y si yo hubiera…”. Representación ante el público, examen final de las clases de interpretación.
Hay algo de mágico en la sala García Lorca cuando vamos entrando al ritmo de los nombres que recogen apellidos de familia y asientos reservados. Hay algo en el ambiente que resuma despedida y celebración. Las lágrimas están a flor de piel e inundan, poco a poco, el escenario.
Nueve presas en la postguerra española nos esperan en el escenario, cantando de espaldas al público; nueve presas, cada una con sus historias particulares, con sus biografías llenas de secretos y rincones oscuros; nueve presas unidas por un destino y una luz al final del túnel: el anuncio de la visita del obispo para indultar a una de ellas, siguiendo una costumbre que se repite cada ocho años: la puta que tiene una niña enferma, la adúltera embarazada que sólo piensa en su Félix, la loca que ha matado a su niño y que sigue acunándolo convertido en un viejo trapo, la comunista que ve cómo su familia ha de irse a Alemania, la manca anarquista, que no quiere que su hermano entre en un seminario, la puta ingenua que se deja engatusar por el maestro, la gitana que quiere rajar a su Antonio cuando descubre que le ha puesto los cuernos, la que está en la cárcel por haberse atrevido a rajar a su marido harta de tantas palizas y golpes nocturnos… y, sobre todas ellas, la francesa que entra en la cárcel al inicio de la obra, aterida y temblando, por ayudar a su novio a robar en una joyería y que, al final de la obra, sale gracias a la ayuda de un abogado que se ha enamorado de ella, aunque este enamoramiento termine por costarle la vida a su novio, y a ella el deseo de cruzar a Francia, lo que nunca consigue. Y con las presas, las monjas; las distintas caras de unas mujeres que son capaces de llorar cuando arrancan al hijo recién nacido de los brazos de su madre, para que se críe en una “familia de bien”, y la que tiene el corazón convertido en duro pedernal, sin olvidar a la madre superiora, que es capaz, con una sonrisa que todo lo ilumina, reconocer que sólo la fe le permite en ocasiones seguir creyendo en la existencia de Dios.
¿Final de unos estudios, de unos años compartiendo experiencias y frustraciones, alegrías y sinsabores, años en los que se han ido todas ellas y todos ellos creciendo como actores y como personas? Todo lo contrario. Inicio de brillantes carreras que nos devuelven la fe en el teatro, el teatro de la palabra que nos conmueve en nuestras butacas, más allá de esos espectaculares montajes, tan efímeros como innecesarios. Gracias, Déborah Vukusic, por esta bocanada de aire fresco, por devolvernos entre lágrimas el teatro en estado puro, una de las mejores obras que he visto en los últimos años.

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LA BIBLIOTECA NACIONAL Y LOS NIÑOS

La Biblioteca Nacional de España, la situada en la sede centenaria del Paseo de Recoletos y la que ha abierto sus puertas en el campus de Alcalá de Henares, parece estar sumida en una imparable escalada de cambios y transformación. Mientras escucho por la radio a Rosa Regás, su actual directora, no puedo dejar de pensar que su propuesta de cambios le gustaría ser recordada con el adjetivo de revolucionaria. No puedo recordar los diferentes frentes que tiene abiertos la Biblioteca Nacional que han sido cuidadosamente desgranados por su directora: un nuevo portal de Internet, remodelación del Museo del Libro, talleres de lectura y de escritura, así como una lona en los patios centrales para comenzar a realizar actividades para niños. Este año, como no podía ser de otro modo, los actos infantiles girarán en torno al Quijote. Y aquí, Rosa Regás, ante la mirada complaciente y amistosa de Fernando Delgado, hace una pausa… y desea puntualizar. No es que se quiera obligar a leer el Quijote, ¡nada más lejos de su intención! Lo que pretende la Biblioteca Nacional y lo que ella misma desea es que los niños se acerquen al espíritu de libertad que impregna toda la obra, y lo harán gracias a talleres de teatro y dibujo.
Sigo escuchando, entre asombrado y disgustado, a la nueva directora de la Biblioteca Nacional, que es cabeza de todo el sistema bibliotecario del Estado Español. Escucho, entre asombrado y sorprendido, el mandato que le dio la Ministra de Cultura el día de su nombramiento: que introdujera a la Biblioteca Nacional en el siglo XXI. Y no puedo dejar de recordar esa puntualización, esa pausa que se ha llenado de sentido con el paso de los segundos: la directora de la Biblioteca Nacional, la editora y novelista –o autora de libros, más bien- le parece abominable que los niños lean el Quijote. Que conozcan la obra, que se acerquen a una particular interpretación de su contenido, que se rían con sus personajes… ¡pero que no lo lean!
La Biblioteca Nacional de España, una de las más importantes de Europa por su rico patrimonio y por la profesionalidad de sus bibliotecarios, lleva más de una década sumida en el abismo de la decadencia. Y eso se nota en el servicio que ofrece a los investigadores y usuarios a los que está destinada (y abocada) por derecho y deber. Sólo hay que entrar en la Bibliothèque Nationale de France, en su nueva sede de Tolbiac o en su portal de Internet, para ver que aún en este caso nos queda mucho por hacer, un largo camino por recorrer… ¿y el primero de todos? Saber que quiere hacerse con la mejor y más rica de nuestras bibliotecas… ¿acaso convertirla en lugar para que los niños puedan acercarse a diferentes libros... eso sí, sin leerlos?

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CLIO

El pasado miércoles, 30 de marzo, la mirada crítica de Forges nos regaló una sonrisa y una reflexión desde su viñeta de El País. Intento describirla: un hombre llega a casa, y mientras cuelga el abrigo, le comenta a su mujer, que está sentada en el sofá leyendo un libro: “Cuando cruzaba el descampado, si no llego a estar al loro, me dan un seminario sobre el Quijote”. “¿Eran muchos?”, le pregunta ella. “3 académicos y un filólogo”, responde. “Virgensanta”.
Comenzamos un nuevo mes, un mes que podríamos bautizar el del libro, con el 23 de abril como centro y la entrega del Premio Cervantes como evento estrella, en especial para nuestra querida Alcalá. Será el mes de las semanas culturales en todos los centros educativos, el mes de los programas especiales en televisiones, radios, periódicos, semanarios… Como no estemos al loro, nos van a bombardear con lugares comunes, con medias verdades y mentiras completas. Es cierto que los académicos y los filólogos estamos haciendo de este centenario una montaña de bostezos (o al menos, la gran mayoría); pero no es menos cierto que no somos los más atrevidos, los más escandalosos, los más falsos y los más peligrosos en estos momentos. Permítanme acercarme desde esta ventana abierta en un periódico a otro de estos gremios, que llenan minutos de televisión y radio, y líneas y líneas en diversas publicaciones. Me refiero, como no podía ser de otro modo, a los periodistas.
Un hombre llega a su casa, después de una larga jornada, y mientras cuelga su abrigo, le comenta a su mujer que está leyendo un libro sentada en el sofá: “Cuando venía por la calle, si no llego a estar al loro, me dan una tertulia sobre el Quijote, me regalan un artículo monográfico sobre Dulcinea del Toboso y me preguntan sobre el precio del libro en 1605”. “Eran muchos”, pregunta ella. Y él, con cara resignada, contesta: “Más de mil”.
No hay periódico, revista, semanario, hoja parroquial que se precia que no haya hecho su dossier dedicado al Quijote. Este mes de abril le toca a la revista de historia Clio, editada en Barcelona: “Dossier el Quijote. Historias de un ‘top manta’ del siglo XVII”. En el dossier, publica Laura Manzanera, ‘periodista’, el artículo: ¿Qué hay de real en la novela?, donde, en una prestigiosa revista de historia, deja caer las siguientes perlas: “Barcelona […] es el único sitio real mencionado en El Quijote”… ¿qué pensarán en el Toboso de esto? ¿Qué los habitantes de Zaragoza, a donde debería haberse dirigido el hidalgo manchego de no haberse publicado el Quijote falso de Avellaneda en 1614? También se afirma que los primeros libros publicados en España vieron la luz en Barcelona (me imagino la carcajada de Julián Martín Abad), por lo que (y cito textualmente): “La Ciudad Condal tomaba la delantera, pues la imprenta no llegaría al resto de las grandes ciudades españolas incluida Madrid, hasta la segunda mitad del siglo XVI”. El 22 de noviembre de 1502 se termina de imprimir en Alcalá de Henares la Vita Christi del Cartujano, en el taller de Stanislao de Polonia. ¿No es acaso en estos momentos Alcalá de Henares una de las grandes ciudades y villas de España? “Virgensanta”… y lo que nos queda por escuchar y padecer.

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PRÓRROGA

Nunca está de más acercarse al Diccionario de la Real Academia Española en busca del significado exacto de una determinada palabra. Nunca está de más acercarse a las frías y –presuntamente- objetivas definiciones del diccionario. Prórroga, en su primera acepción, se nos dice que es: “Continuación de algo por un tiempo determinado”. “Algo” que ha empezado en un momento preciso con una fecha de caducidad… pero que se continuará también en un tiempo determinado, ya que alguien ha decidido modificar su fecha de caducidad. Lo cierto es que los diccionarios deberían estar llenos de más adjetivos, que las definiciones académicas tienden a la sobriedad cuando es la exuberancia de nuestra lengua lo que la hace genial y única.
Y ese “algo” que ahora me llena de alegría es la exposición Don Quijote, un mito en papel (60 joyas bibliográficas en la Comunidad de Madrid), que se inauguró en la sala de exposiciones Santa María la Rica el pasado 28 de febrero, con un tiempo determinado de duración: 28 de marzo. En el acto de presentación, el alcalde lanzó un deseo al aire: que la exposición se prorrogase, que ese “algo” que estábamos por inaugurar durase más allá del tiempo previamente determinado, que su fecha de caducidad se ampliase, al menos, un mes. Y así ha sido: la exposición seguirá teniendo abiertas sus puertas hasta el 28 de abril, un mes de vida, de esplendor de joyas bibliográficas, que ya ha sido disfrutada por miles de visitantes durante este primer mes.
Y permítanme una confesión, una de esas veras que voy mezclando entre tantas burlas: he ido varias veces a visitar la exposición, sólo o con amigos. Siempre que he tenido un hueco, he ido a comprobar el estado de los libros, la temperatura, la iluminación… bueno, esos detalles que nos gusta tanto controlar a los comisarios. Pero sobre todo, a decir verdad, he ido a ver la reacción de los visitantes ante esos libros que, como aves que se lanzan al vuelo, hemos colocado en jaulas de cristal. Y siempre he visto la misma reacción: la visita que se pensaba rápida, fulminante y aburrida se llenaba de lecturas de los paneles, de deseos de conocer cada detalle de las cartelas de los libros, de comentarios que se iban llenando de erudición a medida que se dejaban atrás las salas y las vitrinas.
No hay prórroga a mi gratitud a todos aquellos que han hecho posible esta exposición: es un “algo” que no nació por un tiempo determinado; es “algo” que siempre recordaré, que agradeceré por haber hecho posible que miles de personas se acerquen a los libros antiguos con una sonrisa. Nunca la cultura debe estar reñida con el entretenimiento. Así nos lo enseñó Cervantes con su Quijote. Así lo debemos “prorrogar” siempre en nuestro recuerdo: es el mejor homenaje que le podemos hacer al complutense.

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AT

Todo se estaba desarrollando según lo previsto. La segunda jornada del Seminario Edad de Oro de la Universidad Autónoma de Madrid, dedicado en su XXV cumpleaños a celebrar el cuarto centenario de la publicación del Quijote, había comenzado tarde. Las ponencias se sucedían acumulando sabiduría, lugares comunes y retraso. Nada que no fuera normal. Al conferenciante genial que hablaba de la poesía cervantina le sucedía la voz monótona de otro que improvisaba palabras que sólo él sentía como originales. Nada que no fuera normal. Pero de pronto irrumpió A. T. El responsable de las jornadas cortó la marcha normal de una mesa, hizo levantar a los conferenciantes para dar paso a A. T. Con cara de circunstancias y una sola explicación: a las dos A. T. tenía que irse acuciado por nuevos actos y oropeles.
A. T. habló, habló y habló y habló durante cuarenta minutos. Sus manos temblorosas y un cierto tono al terminar las frases evidenciaban que no se encontraba del todo a gusto, que no era capaz de imaginar ninguna frase que, al menos, resultara interesante. Pero siguió hablando, hablando, hablando y hablando. Hablaba de sí mismo cuando decía estar hablando de Cervantes; se lamentaba del poco reconocimiento del que gozó Cervantes en vida reflejando entonces su propia letanía de reproches; y repetía una y otra vez que Cervantes había sido un desgraciado cuando una casi imperceptible suspiro dejaba ver que bajo ese adjetivo se escondía él mismo. Y habló y habló y habló transitando lugares comunes que llenaba de sonrisas y bostezos el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid.
Pocos aplausos al final de la charla y una salida nada digna repartiendo ejemplares firmados de su último libro, en versión de bolsillo.
Las verdades se imponen con el paso certero de la experiencia: un escritor nunca debe caer en la tentación de analizar su propia obra, y ciertos escritores no deben tampoco atreverse a hablar de la obra de otros escritores. Hay escritores que estarían mucho mejor si se limitaran a quedarse en su casa escribiendo dietarios.

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FRANCISCO DE GOYA Y EL QUIJOTE (II)

No debió guardar Goya un buen recuerdo de su primer acercamiento al Quijote. Los ilustrados habían rescatado el texto cervantino de los desmanes editoriales y populares del siglo XVIII y la impresionante edición académica de 1780 no dejaba de venderse en la librería madrileña de Joaquín Ibarra. En un anuncio publicado en la Gaceta de Madrid el 22 de mayo de 1781, leemos curiosas noticias que hablan de la venta de las estampas sueltas: Los trages de las estampas se han copiado de pinturas del tiempo en que supone Cervantes haber existido los personages de su fábula. Se hallará esta obra en casa de D. Joaquín Ibarra, calle de la Gordura, a trescientos reales sin encuadernar; y allí mismo se venderán también juegos sueltos de estampas a cien reales cada uno. La estampa dibujada por Goya que ilustraba la Aventura del rebuzno nunca llegó a venderse en la librería de Ibarra.
Pero no sería la única imagen goyesca alrededor del Quijote que quedaría anónima.
El British Museum de Londres conserva un dibujo original de Goya, que se data entre 1817 y 1820. Allí aparece Alonso Quijano como lector de libros de caballerías; sentado en una pobre mesa, con su espada presta para ser blandida; bajo la atenta mirada de su galgo corredor, el hidalgo manchego parece hacer un alto en su lectura, y señalando una línea de su libro de caballerías, casi nos mira a los ojos mientras en sus labios cerrados permanece la frase: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”. Una verdadera oración.
Sobre su cabeza, sobre su imaginación se agolpan los recuerdos de personajes y de aventuras que le convertirán en un personaje de ficción dentro de un libro de caballerías de entretenimiento (cuando en realidad no es más que un personaje de ficción en el mejor libro de caballerías de todos los tiempos, el Quijote). Y allí las princesas ceden el protagonismo a los encantadores y demás monstruos que pueblan la imaginación de nuestro personaje. Primer y último dibujo de una nueva serie de grabados: “Visiones del Quijote” que, a imagen y semejanza de sus “caprichos”, había ideado Goya al final de su vida.
La Biblioteca Municipal Cardenal Cisneros conserva una litografía, realizada por Braquemont a partir de este dibujo, y que fue publicada en la parisina Gazette des Beaux-Arts, en 1860, acompañando a un artículo de D. Valentín Calderera; litografía que ya se expuso en la Biblioteca Nacional de Madrid, en la exposición bibliográfica que conmemoró el tercer centenario de la publicación del Quijote, y que hoy puede verse en la exposición “Don Quijote, un mito en papel”, en Santa María la Rica. Dentro de unas semanas, en la sala de exposiciones de la Biblioteca Nacional, podremos admirar el original de Goya, este original conservado en Londres que nos mira a los ojos reduciendo a la nada la distancia del tiempo y de la locura.

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FRANCISCO DE GOYA Y EL QUIJOTE (I)

El joven pintor, ese joven aprendiz de todo que era Francisco de Goya en 1777 no podía creérselo; al final, todos sus esfuerzos y desvelos en la corte, en esa corte madrileña en que las Academias se llenaban de acentos valencianos, empezaban a dar sus frutos: la Real Academia Española le había pedido que realizara uno de los dibujos para la edición del Quijote que llevaba preparando desde 1773. A principios de 1776, los rumores habían llenado de suspiros y sonrisas cómplices los salones, unos rumores que hablaban que José del Castillo, el hasta entonces intocable pintor del rey, no estaba cumpliendo con los plazos de entrega de los dibujos originales y que algunos académicos habían comenzado a mostrar en público su disgusto y desacuerdo. Era un rumor que se había instalado en el arco de las posibilidades con el calificativo de certeza y el 2 de julio de 1776 se le pagaron los ocho dibujos ya entregados y se abrió el proyecto académico a otros pintores. Ahora sólo quedaba esperar y ya la espera había llegado a su fin.
A Goya le tocó ilustrar el episodio de la Aventura del rebuzno. Junto con el encargo le hicieron llegar una hoja con las instrucciones precisas para su representación: “Se figurará en un campo un escuadrón de gentes, unos a pie y algunos a caballo…”, que Goya siguió al pie de la letra; no era cuestión que cometiera un error en la siempre resbaladiza corte madrileña. Entregó puntualmente su dibujo, cobró, como el resto de los pintores, 900 reales, y a los pocos meses, Fabregat grabó su dibujo en una espléndida estampa.
En 1780, siete años después de haber comenzado a idear la empresa, Joaquín Ibarra termina de imprimir en su taller madrileño la edición de la Real Academia Española del Quijote. Una magnífica edición en cuatro tomos, excelente el papel y mejores los nuevos tipos fundidos. Magnífica la edición y magníficas las estampas… pero aquel dibujo de Goya, aquella estampa grabada por Fabregat a partir del dibujo de Goya nunca llegó a incorporarse a la edición.
El joven pintor Francisco de Goya, ese no tan joven pintor en la corte madrileña de 1780, no debió sonreír cuando llegó a sus manos el primer ejemplar de la edición del Quijote de 1780. Los rumores corrían por la corte, pero él nunca quiso darles más crédito.
En la exposición Don Quijote, un mito en papel, en Santa María la Rica, puede admirarse uno de los ejemplares de la edición del Quijote de 1780, y por supuesto, un ejemplar sin la estampa ideada por Goya en 1777.

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LA SOMBRA DE UN CABALLERO

Un video que explica, de manera amena y divulgativa, las bases de la caballeria, sus elementos mas significativos y la obras a las que ha dado lugar, ya sea en la litratura, ya sea en el arte. Varias estatuas de bustos de caballeros, privilegios y cartas de hidalguia, un ejemplar del facsimil de Moleiro del "Libro del cavallero Zifar", varios codices medievales e impresos del siglo XVII que hablan de las ordenes militares; una armadura, llena de detales y sorpresas por su tamanno, una malla, varias espadas y magnificos azulejos y porcelanas, desde Valencia a Talavera de la Reina con un motivo repetido: el caballero. Una caperuza de un halcon y una adarga.La batalla mas grande que han visto los tiempos; retratos del Gran Capitan, escasos recuerdos del estandarte del hermanastro de Felipe II y una impresionante banderola, que debio vivir dias gloriosos por el Mediterraneo. Varios yelmos arabes y cuadros que convirtieron en mistica lo que habia sido una victoria militar: siempre Lepanto. Un nuevo video, una gran maqueta llena de detalles de Lepanto y unas luces que marcan las lineas de combate, en que sobresalen los nombres del Gran Capitan y de Andrea Doria. Un mapa de Argel cuando don Quijote estuvo alli cautivo, varios cuadros del siglo XIX que convierten a Cervantes en un heroe: el Gran Capitan que se acerca a su cama convaleciente. Y un magnifico monje que explica como llego a liberar a Cervantes de este largo cautiverio de cinco annos, lleno de intentos de huir de esa ciudad que le mostro las mil caras del Otro.Varios ejemplares de diferentes ediciones del "Quijote", varios facsimiles del siglo XIX, porcelanas con reproducciones de las estampas de la edicion de la Real Academia de 1782. Y asi, entre cuadros religiosos llegamos al dormitorio de una dama, a esa biblioteca en odnde se mezclan las joyas, como esa primera traduccion inglesa del "Quijote" de 1620 del Museo Casa Natal de Cervantes, con libros el siglo XIX y un "Amadis de Gaula" frances, que nos hace desear ver algun libro de caballerias castellano. Un juego informatico de preguntas y de lucha contra gigantes nos devuelve al esplendido patio del Palacio del Infantado de Guadalajara.Volver una vez mas a pasear por el patio del palacio, ver algunas e sus salas, bien cale ir a ver la exposicion "Don QUijote, la sombra de un caballero", este cumulo de objetos, algunos de ellos maravillosos, alrededor de la excusa del IV Centenario del "Quijote".

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EDICIÓN DEFINITIVA

La imprenta durante el siglo XVI fue convirtiéndose en un negocio. El invento de Gutenberg a mediados del siglo XV, el que multiplicó la palabra de Dios en letras de molde se fue llenando de libreros, de editores, de estrategias editoriales y de reclamos publicitarios. Los simples, reducidos títulos del pasado ahora se ampliaron con palabras y más palabras con una única finalidad: atraer la atención del comprador. El lector, en el nuevo arte de la industria en que se había convertido la imprenta, había quedado en un segundo plano: el editor, el librero sólo pensaba en el comprador, en quien gasta sus dineros (sus maravedís, sus pesetas, sus euros…) en adquirir un producto comercial. Que lo lea después o lo guarde (y olvide) en la estantería de una biblioteca es algo que no le importa, que no le concierne. En estas primeras estrategias editoriales y publicitarias en los libros del siglo XVI hay una palabra que se repite hasta el cansancio: nuevo. “Edición nuevamente corregida y emendada”. “Nueva edición…”. La novedad como principio motor de una nueva sociedad, de una nueva cultura y, sobre todo, de una nueva industria.
Han pasado cuatrocientos años de la publicación del Quijote. La imprenta durante estos cuatrocientos años ha disfrutado de su monopolio en la difusión de la cultura y ha sufrido también los ataques de otros medios: desde la prensa periódica a partir del siglo XVIII, y de la radio, el cine y la televisión en el siglo XX, a los nuevos formatos informáticos y digitales durante el nuevo milenio. Pero cuatrocientos años después, las industrias editoriales siguen encontrando en los reclamos publicitarios su búsqueda de nuevos compradores (que no de nuevos lectores). En este contexto hemos de situar algunos de los titulares en la prensa después de que se haya presentado la edición del Quijote que ha coordinado Francisco Rico, reutilizada por varias editoriales (Círculo de Lectores, Alfaguara…): “Edición definitiva”. El mismo reclamo publicitario que hace ocho años se usó para presentar esta misma edición, entonces publicada por Crítica bajo el manto protector del Instituto Cervantes. Hace cuatrocientos años la publicidad destacaba la “novedad”. Hoy, en este milenio casi virtual, parece que vende lo “definitivo”. Pero no nos llevemos a engaño: no hay ediciones definitivas… por más que los de Círculo de Lectores y Alfaguara estén ahora sonriendo con la caja que están haciendo a costa de un autor que murió pobre, después de haber escrito la más grande de las novelas. Y que nadie se lleve a engaño: cuantas más ediciones del Quijote haya en el mercado mucho mejor; con más interpretaciones, con más puntos de vista podremos adentrarnos en los misterios del texto cervantino. Pero que nadie tenga la soberbia de creerse con la última palabra, y mucho menos, cuando esa última palabra sólo le pertenece a Cervantes.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE ALCALÁ